Tales eran los principales puntos que iban á tratarse aquel día en Cabildo. La junta, digámoslo así, compuesta de dos Alcaldes de mar (primero y segundo), tesorero y recaudador, ocupaba el sitio más visible, esparrancada en lo alto de la plazoleta, cerca del pretil en cuyo lomo cabalgaban raqueros, ó apoyaban ligeramente sus posaderas los congregados más viejos ó más perezosos. Los demás se extendían en grupos por la explanada; grupos que se hacían ó se deshacían, según que no hablara ó que hablara la presidencia, ó fuera menos interesante ó más interesante lo que expusiera un orador de la masa.
Entre tanto se oía un rumor incesante de conversaciones á media voz, y sobre este rumor el zumbido de Mocejón, que parecía un tábano por lo tenaz y molesto. Todo cuanto allí se decía ó se acordaba, provocaba sus gruñidos; y con su pipa rabona entre los dientes, los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza gacha y torcida, el gesto de ira y de tedio, y puerco y sin afeitar, iba torpe y perezoso, de acá para allá, respondiendo á todo sin hablar con nadie, y renegando hasta del sol que caldeaba la escena.
Aunque no con la brusquedad salvaje de este hombre, abundaban allí los recelosos y descontentadizos; y era muy curioso observar cómo aprovechaban precisamente la ocasión en que debían ser explícitos y dar la cara, para volverse de espaldas, ó, cuando menos, de costado, y murmurar una excusa maliciosa, ó una barbaridad cualquiera, hacia un colateral que no había desplegado sus labios.
Decía el Sobano, por ejemplo, que blanco.
—¡Yo digo que negro!—respondía, empinándose, un vejete.
—¿Por qué?—replicaba el Alcalde de mar.
—¡Porque sí!—decía el otro, virando de costado; y luégo, haciendo un poco de barquín-barcón con la encorvada espalda, añadía, encarándose con los de atrás:—¡Á mí con esas!... ¡Si cuando tú vas, ya estoy yo de vuelta, probetuco... rasolís!
Otra vez era un mozo de piel lustrosa, pelo encrespado, corto de labio y largo de dientes, que se había atrevido á apuntar un reparo, con voz airada, desde lo más trasero del concurso.
—Y ¿qué hay con eso?—le preguntaba desde la paredilla alguien de la junta.
—Pos... ¡lo dicho!—respondía el mozo, volviendo la cara á su derecha.