Don Pedro se iba enterando, en efecto; y por lo mismo, se atrevió á decir al comerciante que, aun aceptando como el Evangelio todo lo que exponía, quedaba la dificultad material de poner á Andresillo en ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba tan arrimado á ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué valedores tenía? ¿Á dónde se arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le metía?

—Vamos á eso—respondió don Venancio, que hablando de aquellas cosas estaba en su púlpito natural, porque no entendía pizca de otras, amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto de la carrera de Andrés.—Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que dos hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerle al escritorio en cuanto pase el verano. Que trabajen juntos y se hagan buenos amigos: un mismo estímulo puede animar á los dos, pues si el hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre, en esa viña tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés Colindres. Que pasaban los años, y los niños aplicados llegaban á comerciantes entendidos, y usted y yo á retirarnos á descansar: aquí quedaba su caudal de usted, acrecentado por los intereses, ó por el beneficio de los negocios si había preferido usted que ese caudal pasara de la humilde categoría de una cuenta corriente con interés, á la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba usted de comprenderme, señor don Pedro?

—Sí, señor—respondió éste, sin disfrazar el vivo interés con que trataba el punto.—Pero y si, después de metido en el comercio, resulta que no le toma ley ó no sirve para el paso, ¿qué hago yo de mi hijo?

—Pues, ¡canastos!—replicó el comerciante:—si después de hecho marino resulta que se marea, ó se ahoga, ó sale un perdido y vende el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio, holgazán y torpe, como hay muchos?...

—Tiene usted razón, señor don Venancio,—respondió con prontitud Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.

—¡Vaya si la tengo!—exclamó el comerciante repantigándose en el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin extrañarse de él.

—Creo que hemos de entendernos—añadió Bitadura levantándose.—Por lo pronto, le agradezco á usted con todo corazón el interés que se toma por la suerte de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré en responderle con mayor claridad... No lo extrañe usted. Las cosas que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca mejor así el rumbo que traen, que atracándose á ellas.

En esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el comerciante; y como estaba algo conmovido, al decir por despedida: «á la orden de usted, señor don Venancio,» don Venancio vió las estrellas, por una razón que se le alcanzaría al más torpe al observar cómo, momentos después de salir Bitadura, se soplaba el comerciante los dedos cárdenos y como pegados unos á otros; detalle que prueba, á lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano á hombres como aquél, si están algo conmovidos.

Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto el señor don Venancio Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al rico comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en su caja de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la lotería ó se le comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba tanto el hombre del daca-y-toma en que los marinos gozaban poco las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se mostraba ahora tan sensible á esas pequeñeces, de las cuales jamás le había oído hablar, como si las considerara género de mal comercio para su corazón? ¿Por qué en lo referente á ellas discurría lo mismo que Andrea?... ¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fué un punto luminoso en la obscuridad de los razonamientos del capitán, mientras iba camino de su casa... «¿Apostamos dos cuartos,» se dijo, «á que mi mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella también las razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto, combatiendo mi propósito de hacer marino á mi hijo? De cualquier modo, y sean de quienes fueren esas razones, están muy en su lugar y yo no debo desatenderlas porque no se me hayan ocurrido á mí.»

Efectivamente, la capitana había conspirado contra los planes de su marido, en el escritorio de don Venancio Liencres. Cada pena negra que pasaba, y pasaba muchas la infeliz, durante las larguísimas ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las veleidades del mar ó los rigores de extraños climas, y ¿por qué ocultarlo? por su cariño de esposo amante (que lo era en verdad y á toda prueba, el bueno de Bitadura); cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea, volvía los ojos del alma á su hijo, y otra pena mayor le resultaba de ello, al considerar que á las ausencias del capitán habría que añadir pronto las del agregado... ¡y las dos ausencias á un tiempo!... ¡y ella sola, enteramente sola, en su casa, temiendo por la vida de los dos! Muchas veces había intentado hablar con este tema á su marido, y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes; pero de allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía á barato, le salía al encuentro con una cuchufleta, pegándola una papuchadita y mordiéndola luégo los carrillos, ó tapándole la boca con un beso, después de haberla dado tres vueltas en el aire, entre sus brazos de hierro, en la misma postura que coloca un padrino á su ahijado mientras el cura le pone la sal en los labios. Pero Andrés iba creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía temiendo lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio á don Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del corazón, tan común en todas las madres cuando abogan por la causa de sus hijos, expuso al comerciante sus temores, sus deseos y sus fervientes súplicas para que, guardando, mientras fuera posible, el secreto de aquellas gestiones, tratara de desarraigar en su marido la idea que tanto la atormentaba á ella...