Don Venancio Liencres era un hombre completamente insignificante, intus et foris; pero, en los casos dudosos, tenía el buen instinto de inclinarse á lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era sana; además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular siquiera, tomaba los que le ofrecían en cualquiera parte; y los tomaba con amor, porque se pagaba muchísimo de que las gentes le tuvieran en algo, haciendo algo que no hicieran los demás. Estimaba cordialmente al capitán; conocía de vista á su hijo, y hasta le parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de consideración hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana; pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y aun se conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la prometió, de todas veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de cuenta propia, llegó con su amparo hasta donde ha visto el curioso lector; y todavía hubiera llegado más allá, si mayor esfuerzo se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud sola de sus razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del capitán.

Esta vez fué Bitadura quien sacó, tan pronto como llegó á casa, la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la capitana no ignoraba de dónde venía su marido, á las primeras palabras de éste se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el enfadado; pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los extremos de la boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó el hecho con todos sus pormenores, y un aire de resignación bastante falsificado también.

—¡Nos veremos sobre ese particular!—exclamó Bitadura, paseándose por la sala, siempre de espaldas á su mujer, braceando mucho y taconeando más.—¡Ir con los secretos de familia á casa de los vecinos!... ¡Eso no se hace!

Andrea, que le miraba á hurtadillas y le vió tan empeñado en no dar la cara, comenzó á pasear detrás de él, pero muy cerquita, y le dijo, según iba andando, con acento de estudiada humildad:

—Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo acertar, ya lo sabes: el cuchillo eres y la carne soy; con que corta por donde quieras.

—¡Sí, señora!—respondió Bitadura volviéndose de pronto.—¡Sí que cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá! ¡Siéntese usted aquí!

Y sentándose él en el sofá, la sentó á ella sobre sus rodillas.

—¡Míreme usted á la cara!... ¡Venga esa pitorruca!

Y le dió un mordisco en la nariz.

—¡Vengan esas orejinas!