Y se las mordió también.

—Y ahora, para acabar primero, vaya todo este brazado de carne por el balcón abajo.

Y tomó á su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón, y diciendo: «¡á la una! ¡á las dos! ¡á las tres!» columpiándola al mismo tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia dentro, y la estampó en la cara media docena de besos.

—Toma... por habladora... por cuentera... y porque me da la gana.

Andrea se reía como si la hicieran cosquillas, y tomaba aquellos castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que Bitadura le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los papeles.

IX

LOS ENTUSIASMOS DE ANDRÉS