Entre tanto, Andresillo caminaba hacia la calle Alta, deteniéndose con todos los conocidos que hallaba al paso para hablarles de la llegada de su padre, de lo que le había oído contar sobre su viaje, y algo también de la comida del día antes, y muy particularmente de las cosas de Sama, Ligo y demás comensales. ¡Muchísimo se había divertido con ellos! Iba á la calle Alta para ver qué tal se las arreglaba Silda en su nueva casa. Consideraba á la huérfana como protegida suya, y se interesaba por su suerte.
Al llegar enfrente del Paredón, vió á Colo que subía de bajamar, con dos remos al hombro, y en una mano un balde á medio llenar de macizo. Colo era aquel sobrino de don Lorenzo, el cura loco, de quien ya se ha hecho mención. Andrés le preguntó por la casa de tío Mechelín, y notó que Colo estaba de muy mal humor. Antes que él pensara en preguntarle por la causa de ello, le dijo el marinero, echando abajo los remos:
—Hombre... ¡si esto no es pa que uno pierda hasta la salú!...
—¿Qué te pasa?—le preguntó Andrés.
—Ese hombre, ¡toña!... mi tío el loco, que no hay perro, ¡toña! que le saque de la bodega ese hipo, ¡mal rayo!; y esta mañana, malas penas, me voy pa la lancha, me coge á la puerta de casa, y ¡toña! que me ha de manipular en el sostituto... ¿no es eso, tú? ¿no se dice asina?... Ello es lo que hay que hacer pa atracarse á ese colegio en que enseñan esos latines de... ¡mal rayo!... ¡Miá tú, hombre, qué sé yo de eso, ni pa qué me sirve!
—Para maldita la cosa,—dijo Andrés.
—Pus dale que ha ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este verano... Con que yo me cerré á la banda... y sin más ni más, el burro de él, ¡toña! me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos que él gasta... ¡Mal rayo!... Pero ¿pa qué, hombre? Vamos á ver, ¿pa qué quiero yo eso? ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio en unos calzones nuevos?... Pus porque le dije esto mesmo, me alumbró otro estacazo. ¿No es animal!... Dice que hay una... ¿cómo dijo?... ello es cosa de iglesia... ¡Ah! capellanía... Una capellanía que es de nusotros; y que si yo allego á ser cura, me embarbaré de betún. ¡Como no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora resulta que el señor que enseña esos latines, da más leña entodía que el animal de mi tío... ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?... Don, don...
—Don Bernabé,—apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.
—Eso, don Bernabé...