—¡Mucho palo te espera allí!—dijo Andrés con candorosa ingenuidad.—¡Mucho palo!

Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo á Andrés:

—Esta es la casa.

Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle, despidióse y apretó el paso.

En esto salió de hacia la bodega Silda, acompañando á Muergo. Muergo llevaba ya puestos los calzones del padre Apolinar; pero sin otro arreglo que haberles recogido él las perneras á fuerza de remangarlas; y así y todo, le bajaba la culera hasta los tobillos. Con esto, el chaquetón de marras por encima y las greñas revueltas coronando el conjunto, el hijo de la Chumacera parecía un fardo de basura que andaba solo.

—Aquí llevo una camisa... ¡ju, ju!—dijo á Andrés el monstruoso muchacho, golpeándose con la mano derecha una especie de tumor que se le notaba en el costado izquierdo.

Andrés le miró asombrado, y Muergo apretó á correr calle abajo. Silda dijo á Andrés en seguida, aludiendo á Muergo:

—Quería yo que le dieran una camisa, y ellos no querían, porque Muergo no la merece y su madre no tiene vergüenza; pero le encontré esta mañana cerca del Paredón, y le traje á casa para que le viera su tía sin camisa, y le diera una vieja de su tío. Él no quería venir; pero luégo vino, y entonces no le querían dar la camisa; pero yo me empeñé, y se la dieron; pero si la echa en aguardiente y le ven sin ella, no le darán más ni le dejarán volver aquí... Su madre es una borrachona, y él también sorbe mucho aguardiente. ¡Qué feo es y qué puerco! ¿verdá, tú?... Entra un poco, verás qué bien se está aquí... Ya no pienso volver á la Maruca tan pronto, ni al Muelle-Anaos... Se hace una allí muy pingona... Pasa luégo este portal, para que no te encuentren las del quinto piso si bajan; y no te pares nunca mucho á esa puerta de la calle, porque te tirarán inmundicias desde el balcón. Son muy malas, ¡pero muy malas!... Ayer armaron bureo porque á tío Mocejón le dijeron en el Cabildo que me había castigado mucho, y que si no me dejaban en paz las de su casa, se verían con la Justicia... Son muy malas, ¡pero muy malas!

Tía Sidora, que andaba trajinando por adentro, salió, al rumor de la conversación, hasta la mitad del carrejo, y Silda la dijo señalando á Andrés:

—Este es el c...tintas bueno que me llevó á casa de pae Polinar.