Se alegró mucho la marinera de conocerle, y le ponderó la acción; y como el muchacho le pareció muy guapo, le dijo lo que sentía, con lo que Andrés formó un gran concepto de tía Sidora, aunque se puso muy colorado con los piropos. Ella no conocía personalmente al capitán de la Montañesa; pero su marido sí, y muchas veces la había hablado de él, ponderando sus prendas de marino y su [parcialidá] de genio: era gran persona el señor don Pedro, y, además, callealtero de origen: otra condición muy digna de tenerse en cuenta por la tía Sidora para estimar al capitán y alegrarse de que hubiera sido su hijo quien se apiadó de la niña desamparada en el Muelle-Anaos, y la llevó á casa de persona capaz de hacer por ella lo que hizo luégo el pae Polinar. Le trataron mal, muy mal, las desvergonzadas de arriba, cuando fué á hablarlas sobre la niña que ella y su marido recogieron después, como la hubieran recogido antes, si no hubieran mirado más que al buen deseo; pero había otras cosas que considerar, y se aguantaron. Ahora, gracias á Dios, estaba Silda en puerto seguro, y el Cabildo había puesto en los casos á las deslenguadas sin vergüenza, para que no intentaran impedir con sus malas artes que hicieran otros por la desdichada lo que ellas no quisieron hacer...
—Mira la mi alcoba,—dijo Silda á Andrés, interrumpiendo la retahila de tía Sidora.
La alcoba, libre de estorbos y muy barrida, contenía una cama muy curiosa, y una percha vieja con algunas prendas de vestir de tía Sidora.
—Aquí se colgarán también los sus vestiducos—dijo ésta,—en cuanto los tenga listos. Ahora le estoy arreglando uno de una saya mía de percal, casi que nueva; y, si Dios quiere, hemos de mercar algo de tienda cuando se pueda, porque no se puede todo lo que se quiere. En remojo tengo lienzo para dos camisucas, que es lo que más falta le hace; porque vino la enfeliz, pa el cuasi, en cuerucos vivos.
Desde allí pasaron á la salita, donde estaba la saya de tía Sidora, hecha pedazos, sobre una silla cerca de un montón de filástica deshilada. Aquellos retazos eran las piezas del vestido de Silda, que había cortado y se disponía á coser tía Sidora. Silda había asistido con mucha atención á aquellas operaciones, y tía Sidora esperaba hacerla tomar apego á la casa; enseñarla, poco á poco, á coser, y el Catecismo; hacer lumbre, arrimar siquiera la olla, barrer los suelos; en fin, lo que debía aprender una hija de buenos padres, que había de ser mañana una mujer de gobierno. En opinión de tía Sidora, Silda se había dado á la bribia desde la muerte de su padre, porque malas mujeres le habían hecho la casa aborrecible. No sucedería eso en adelante: la niña saldría cuando y como debiera salir, y pasaría en casa el tiempo que debiera pasar; pero ni en casa ni en la calle tendría otras ocupaciones que las propias de sus años y de su sexo.
Mientras decía todas estas cosas, á su manera, la tía Sidora encarada con Andrés, Silda, con su faz impasible, miraba tan pronto á éste como á la marinera, y Andrés, atentísimo y hasta impresionado con la locuacidad expansiva y noblota de la pescadora, no apartaba los ojos de ella sino para fijarlos un momento en los serenos de Silda, como diciéndola: «¿lo oyes bien?» Al fin, no se contentó con la elocuencia de su mirada, y acudió á la de las palabras, enderezando á la niña, muy serio y con gran energía, las siguientes:
—Te digo que no tendrás vergüenza si vuelves al Muelle-Anaos y á arrimarte á ese indecente de Muergo.
—Al Muelle-Anaos—le interrumpió tía Sidora,—ya está ella en no volver... ¿verdá, hijuca?... Y por lo tocante á Muergo, según él se porte, así nos portaremos con él... ¿No es eso, venturaúca de Dios?... Pero ¿qué mil demontres habrá visto esta inocente en ese espantajo de Barrabás, pa tomarse tantos cuidaos por él?... Pa mi cuenta, es de puro móstrico que le ve... ¿Verdá, hijuca?
Silda se encogió de hombros, y preguntó á Andrés si iría á la calle Alta cuando las fiestas de San Pedro. Andrés respondió que puede que sí, y tía Sidora le ponderó mucho lo que había que ver entonces y lo bien que se veía desde la puerta de su casa. Habría hogueras y peleles, y mucho bailoteo; tres días seguidos, con sus noches, así; y en el del santo, novillo de cuerda. Sartas de banderas y gallardetes de balcón á balcón. Las gentes del barrio, sin acostarse en sus casas, comiendo en la taberna ó á la intemperie, y triscando al son del tamboril. La calle, atestada de mesas con licores y buñuelos. La iglesia de Consolación, abierta de día y de noche; el altar de San Pedro, iluminado, y la gente entrando y saliendo á todas horas. Pero tan bien enterado estaba Andrés de lo que eran aquellas fiestas, como la misma tía Sidora, porque no había perdido una desde que andaba solo por la calle.
Después examinó con muchas ponderaciones una sedeña de bahía, que estaba colgada de un clavo. ¡Aquello se llamaba un aparejo de veras, y no el cordelillo que él tenía, con unas [tanzas] de poco más ó menos, y unos anzuelos de chicha y nabo! Tía Sidora, que le vió tan admirado de aquello poco, fué por el cesto de las artes, que su marido no había llevado á la mar, porque estaba á sardina, que se pesca con red. Andrés había visto muchas veces aquellos aparejos secando al balcón ó amontonados en el cesto, pero devanados. Tía Sidora le explicó el destino y el manejo de cada uno. Los cordeles de merluza, del grueso de la cabeza de un alfilerón gordo, con su remate fino y un anzuelo grande á la punta. El palangre para el besugo: más de ochenta varas de cordel lleno de anzuelos colgando de sus [reñales] cortos; de palmo en palmo, un reñal. Las cuerdas de bonito, compuestas de tres partes: la primera, y la más larga, un cordel que se llamaba aún, doble de gordo que el de la merluza; después, una cuerda más fina, y después la sotileza de alambre, con un gran anzuelo. Se encarnaban los anzuelos del besugo y el de la merluza, con carnada de sardina, generalmente, y en el del bonito se ponía un engaño cualquiera: por lo común una hoja de maíz, que no se deshacía en el agua, como el papel. Para llevar á la pesca las cuerdas del besugo, había una [copa], especie de maserita, próximamente de un pie en cuadro, con las paredes en talud muy abierto, como la que tía Sidora enseñó á Andrés, porque la tenía á mano. Á medida que se encarnaban los anzuelos, se iban colocando en el fondo de la copa con los reñales tendidos sobre las paredillas, y el cordel recogido sobre los bordes. Así se llevaba á la mar este aparejo, cuya preparación exigía bastante tiempo, porque los anzuelos no bajaban de doscientos. Á veces se trababan cien besugos de un golpe. La merluza se pescaba [al garete], casi á lancha parada, y á una profundidad de cien brazas poco más ó menos; el besugo, pez bobo, se trababa él por sí mismo, dejando tendida la cuerda con los anzuelos colgando; el bonito, [á la cacea], á todo andar de la lancha á la vela. Era un animal voraz; y se tragaba el engaño con tal ansia, que á veces salía trabado por el estómago. Para todo esto, había que salir muy afuera, ¡muy afuera! y se daban casos de no volver los pescadores al puerto en dos ó tres días, bien por tener otros más próximos para pasar la noche, ó por obligarles á ello algún repentino temporal. La sardina, que venía en [manjúas] enormes, se ahorcaba por las agallas en la red, atravesada delante. Esto bien lo sabía Andrés, igual que el manejo de la guadañeta para maganos en bahía; por lo que la afable marinera no se le explicó.