Andrés no pestañeaba oyendo á tía Sidora, que, por su parte, se gozaba en el efecto que sus relatos causaban en él.

—¡Dará gusto eso!—exclamó relamiéndose el muchacho.

Y confesó á tía Sidora que siempre le había encantado el pescar; pero que nunca había pescado mar afuera, ni siquiera entre San Martín y la Horadada. Las más de las veces en el Paredón del Muelle-Anaos; pero que fuera en el Paredón, que fuera en bahía con el bote de Cuco, siempre panchos, ¡en todas partes panchos!... ¡nunca una llubina, ni siquiera una porredana que pesara un cuarterón! Así es que tenía muchas ganas de ser mayor para poder alquilar, á cara descubierta, con otros amigos, una barquía y hartarse de pescar de todo. Esto, mientras no empezara á navegar; porque en navegando, tendría bote y marineros de sobra con los de su barco, cuando estuviera en el puerto. Porque él iba á matricularse en náutica muy pronto, como había vuelto á decírselo su padre el día antes, mientras comían. En fin, todo lo que sabía y pensaba lo dijo allí, correspondiendo á las bondades que tía Sidora había tenido con él, y persuadido de que, tanto la marinera como Silda, le escuchaban con sumo interés; y era la verdad... Como que tía Sidora le ofreció de corazón, un poco después, pan del día y una sardina asada, lo cual rehusó Andrés muy cortésmente. Pero al despedirse, ofreció volver á menudo por allí.

Cuando llegó á casa, le dijo su madre, comiéndole á besos, que ya no sería marino. La noticia, por de pronto, le dejó estupefacto; pero antes de averiguar si le alegraba ó le entristecía, y de preguntar á qué pensaba dedicarle su padre, pensó si debería volver inmediatamente á casa de tía Sidora para contar el suceso, ó dejarlo para otro día.

Porque ¡como él había dicho allí que iba á ser marino!...

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DEL PATACHE Y OTROS PARTICULARES