El negocio de Andrés caminaba en posta por la nueva senda en que le habían encarrilado la conspiración de la capitana y la elocuencia del señor don Venancio Liencres. Bitadura emprendería otro viaje á la Isla de Cuba en todo el mes de julio, y Andrea se había propuesto que, para cuando se ausentara su marido, estuviera preso Andrés con algún compromiso, por pequeño que fuera, á los planes del comerciante, aceptados al fin terminantemente por el capitán. Con los aires de la ausencia cambian mucho los pensamientos de los hombres, que son mudables de suyo; y, «por si acaso,» desde el mismo día en que quedó acordado entre Bitadura y su mujer que Andresillo sería puesto á las órdenes de don Venancio Liencres para que fuera haciendo de él un comerciante, se le dió un maestro que en lección particular le repasara las cuentas y le enseñara á escribir con soltura la letra inglesa, lo cual sería obra de dos ó tres meses y de un par de horas de trabajo cada día. Lo demás lo iría aprendiendo en el escritorio; pues, en opinión del comerciante del Muelle, medio día de práctica sobre el atril enseñaba más que un curso de partida doble en la cátedra de un maestro.
Entre los muchos consejos buenos que al neófito dió su madre, le encareció particularmente el de procurarse la compañía y el trato íntimo del hijo del comerciante, con quien, según éste había dicho y repetido al capitán, trabajaría en el escritorio y caminaría hasta el pináculo de su infalible prosperidad. Este preliminar le consideraba ella de mucha importancia; pues una amistad íntima, á la edad de los dos muchachos, se convierte años después en vínculo inquebrantable.
Bien conocía Andrés al hijo del comerciante. Se llamaba Tolín (Antolín) y era, en lo físico, poca cosa: delgaducho y pálido, aunque animoso. No le convenían, al paso, más de tres pies y medio desde la raya, y hacía muy mala jaliba cuando le tocaba ponerse; jugando al marro, le atrapaba cualquiera, sin más trabajo que cortarle el atocadero, porque se cansaba pronto de correr. Á las canicas era algo más diestro, pero poco lucido: sacaba mucha cuarta, y además, la lengua. Dos veces había ido á la Maruca; pero no volvió allá, porque cada vez le había costado dos días de cama el descalzarse; é ir á la Maruca para no descalzarse, era como no ir. Por lo demás, torcía bastante bien los tacones de los borceguíes; tenía el charol de la visera tan roído y agrietado como el de la del mayor Adán, y el pañuelo del bolsillo bien empapado en barro de todos los colores: la mejor señal de que Tolín, aunque por la categoría de su padre pudiera y aun debiera serlo, no era de los pinturines ya mencionados, que jugaban á compás, con canicas de vidrio, en los Arcos de Dóriga ó en los de Bolado, después de barrerles el suelo un almacenero.
Todo esto sabía Andrés, porque Andrés conocía á todos sus coetáneos de Santander, altos ó bajos; y por saberlo muy bien, no le era antipático Tolín, aunque jamás se le hubiera ocurrido echársele por camarada de su preferencia; mas ya que se le encargaba tanto asociarse á él, trató de hacerlo sin la menor repugnancia, y lo consiguió bien pronto, porque la intimidad de Andrés era de las más codiciadas entre los chicos de su tiempo, prestigio que se explica sabiendo, como sabemos, que el hijo de Bitadura era tan apto para un fregado como para un barrido, y unía á la estampa distinguida y hasta gallarda de un señorito, la fortaleza y la soltura de un pillete de la calle.
¡Y vea usted lo que es juzgar por las apariencias! La amistad de Tolín le procuró uno de los placeres que jamás había gustado. Tolín tenía grandísima privanza en el Joven Antoñito de Rivadeo, patache que se atracaba junto á la escalerilla de la Pescadería, porque casi siempre llegaba cargado de carbón. Esta privanza de Tolín tenía por motivo los muchos favores que debía el patrón del patache al señor don Venancio Liencres, cuyas relaciones mercantiles en los puertos de Asturias eran muchas y buenas; y no solamente proporcionaba con ellas buenos fletes al Joven Antoñito, sino que le distinguía con señaladísimas preferencias, y jamás negaba á su honrado patrón un anticipo de dos ó tres mil reales, en días de apuro; es decir, un viaje sí y otro no, cuando mejor andaban las cosas...
Y aquí se hacen de necesidad unos cuantos párrafos consagrados á la especie patache, para que se tenga una idea bastante exacta de esos apuros del Joven Antoñito de Rivadeo; de la importancia de los favores de don Venancio Liencres al patrón, y, por consiguiente, de lo arraigada que estaría la privanza de Tolín á bordo de aquel patache.
Se ha porfiado mucho, entre ociosos y entremetidos, sobre si fueron ó no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín, los hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un nuevo mundo, y el que montó en las espaldas del segundo para pasar por una cuerda tendida sobre los abismos del Niágara. Que si á Colón le alentaban la fe científica y la pasión de la gloria, y que si á Blondín le sostenía la confianza en su serenidad y en su experiencia bien probadas; que si los otros, tras del temor que podía caberles, sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al capricho de dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena recompensa... Cabe, en efecto, la disputa acerca de estos graves particulares, y me guardaré yo muy bien de terciar en ella con la pretensión de ponerme en lo cierto. Lo que hago es sacar á colación el caso para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los lectores, que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar mucho más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado propósito, á navegar en un patache, lo mismo de patrón, que de marinero, que de motil; porque allí todo es peor en lo substancial, con ligeras diferencias de detalle. Allí no caben la fe científica, ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la serenidad, ni la esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo lo malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondín. Entrar allí para buscarse la vida, es tirar á matarse poco á poco y con mala herramienta.
El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo de bergantín-goleta. Supónese que estos barcos han sido nuevos alguna vez: yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los pierdo de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres; á lo más seis ó cinco y medio: el patrón, cuatro marineros y un motil, ó muchacho cocinero. El patrón tiene á popa su departamento especial con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontona en el rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo á lo ancho, á lo largo y á lo profundo, con dos, á modo de pesebres, á los costados. En estos pesebres se acomodan los marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan; pues son allí tan raras como las onzas de oro las mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada; tapa unas veces de corredera, y otras de bisagras. De cualquier modo, si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire; y si la tapa se deja á medio correr ó levantada, entran la lluvia y el frío y el sol y las miradas de los transeuntes; porque el patache, en los puertos, siempre está atracado al muelle. Cada tripulante, incluso el patrón, compra y guarda su pan (tortas de mucho diámetro, que duran cerca de seis días cada una). Con este pan, unas patatas ó unas alubias ó unas berzas, con un escrúpulo de tocino ó de manteca ó de aceite, para ablandarlo, todo ello á escote, y condimentado por el motil cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver, dentro de la que echa en un balde, las patatas recién partidas, ó la berza después de haberla picado sobre el tejadillo de la cámara, á veces con el hacha; con este potaje, repito, y aquel pan, come la tripulación, en el santo suelo, alrededor de la cacerola, en la cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara cuando le toca. Así cena también las mismas patatas, las mismas alubias y las propias berzas. En ocasiones, en lugar de las patatas ó de las berzas ó de las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja, después de haberlo desalado dándole dos zambullidas en el agua de la Dársena, desde la borda, atado con un cordel. Para almorzar, un poco de cascarilla en un tanque... Y siempre lo mismo, cuando los tiempos marchan bien.
Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo: todos van á la parte. Pero ¡qué parte! Por de pronto, el flete, en viaje redondo, aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con barricas y tablones, no pasa mucho más allá de dos mil reales. De este flete, gana el 40 por 100 el barco; el patrón, soldada y media, y además el 5 por 100 de capa, ó sobordo, ó, lo que es lo mismo, sobre el flete cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes: seis, ocho, doce duros, ó quince lo más, á cada uno; cantidad que significaría algo, á pesar de su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un patache fuera coser y cantar; pero ya se verá lo que hay sobre estos particulares.