Con alguna que otra excepción vascongada, el patache es siempre gallego ó asturiano; y si no hay carbón, ó manzanas, ó [tabales] de arenques que traer, llega á Santander en lastre: esto es lo más corriente. Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el patrón, hombre ya picando en viejo, calmoso y de triste mirar, de escritorio en escritorio, de almacén en almacén, llamando á cada dueño por su nombre, saludándolos á todos finísimo y cortés, y acabando en todas partes con la misma pregunta:
—¿Hay algo para Rivadesella?
Una mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado veinte sacos de harina, dos cajas de azúcar, ocho coloños de escobas, un catre viejo y dos fardos de papel de estraza. Y no hay más carga en todo Santander para Rivadesella. Los sucesivos correos van trayendo algunos pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente, que con una suerte loca llega á abarrotarse la bodega en poco más de mes y medio. Lo común es que el patache no complete su carga en menos de dos meses, ó que cierre el registro á media carga. Pero, en fin, ya está despachado y se pone en franquía; es decir, se desatraca del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir á la marea de la tarde ó al nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente entonces, se le antoja al tiempo dar un cambio al noroeste y armar una marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de tres semanas, cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con los otros dos, suman cuatro. Pongamos tres, por término medio... ¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen diente, y con un puñado de pesetas, entre todos, para comer y vestir ellos y las familias de los más de ellos!
Ya amainó el temporal y apuntó el nordeste, y el barómetro sube. Leva el patache; y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios marineros, le remolca hasta la canal. Iza allí toda su trapajería, comienza á desentumecerse y á inflarse, y luégo á [virar por avante]; y [bordada] va, bordada viene, en cosa de medio día está fuera del puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma enfrente de Cabo Mayor, y allí se pasa las horas muertas hecho una boya; ó una serie de vientos redondos que le tienen seis ú ocho días atolondrado en la mar, sin saber á dónde tirar ni por dónde meterse; y entre tanto, la gente de á bordo, que no contaba con aquello, mano á la harina, ó á las conservas, ó á los fideos del flete; porque no es cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones. Si es algo desgraciado, arriba dos ó tres veces durante el viaje, lo cual supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada una de estas arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco ó en el aparejo, y pone á los tripulantes en gravísimo riesgo de perder la vida. Pero, de todos modos, venturoso ó infeliz, más tarde ó más temprano, le coge un vendaval entre Tinamayor y Suances, que le trae en vilo hasta el Sardinero, si no le da la gana de estrellarle antes contra una peña. Desde allí me lo planta de otro voleo en la boca del puerto, con rumbo á las Quebrantas. Unas veces le arroja en ellas de un tirón; otras le permite detenerse un poco, echando el ancla á medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible, raro es el ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y, entre tanto, es la única ocasión que tienen los infelices tripulantes para abandonar el barco, que cabecea y tumba y danza, con las velas desgarradas y tremolando en su arboladura la jarcia hecha pedazos, juguete de las olas que le envuelven y meten el gigantesco lomo por debajo de su quilla.
Lo ordinario es que el ancla roñosa [garree], ó se rompa la cadena, y que el mísero barco vaya á las rompientes, donde en breves instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas embravecidas mares.
Todos los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En una sola tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los cinco, después de entrar acosados por el temporal y de faltarles la virada suprema, la de la salvación, la que les aleja del abismo, habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya á duras penas, y la lancha de un práctico recogía la quinta, con heróicos esfuerzos, cuando yo llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas las débiles amarras, desfilaban uno á uno hacia las Quebrantas, y, para llegar más pronto, á brincos, como cabra entre malezas, y desaparecían todos ellos en aquel infierno de espuma, de golpes y de bramidos.
También ha probado barcos grandes el paladar del monstruo aquél; pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de la costa cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le obliga á tomar el puerto y á fondearse en sitio peligroso, tiene buenas cadenas y mejores cables; y, por último, desde que los hay disponibles, pide un remolcador que le saque del apuro. El pobre patache navega á la costa, en la costa le cogen los malos tiempos, y en la costa los aguanta, porque no sabe ni puede andar por otra parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente, débiles, y un remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.
Tal es su triste condición; la cual no ahorra, sino más bien duplica, con relación á otro barco más grande, las faenas de los tripulantes á bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores desvelos y más grandes sacrificios á cada uno.
En suma: trabajo incesante, comida misérrima, un pesebre por lecho, un mechinal por dormitorio, todos los riesgos de la mar, todas las desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, á sabiendas y de buena gana, un hombre que se decide á formar parte de esa legión de héroes de la miseria, de las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera tienen por estímulo la triste esperanza de que al acabar su carrera estrellados contra un peñasco, ó arrastrados por torbellinos de arena y ondas amargas, se grabe su martirio en la memoria de las gentes, ó merezca siquiera su conmiseración; pues hasta la que se siente por los náufragos de alto bordo, se regatea á los de un mísero patache. ¡Tan necesario é inevitable se conceptúa su desastroso fin!
Y ahora pregunto: ¿es comparable este valor pasivo y desinteresado, con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron á Colón en su primer viaje, y del que pasó el Niágara sobre una cuerda, encaramado en las espaldas de Blondín?