Y también caigo en la cuenta de que ni esta pregunta, ni mucho de lo que la precede, eran de necesidad para el fin que me propuse sacando á relucir el patache en este cuento; pero no siempre se corta por donde se señala, ni es fácil hablar con interés de un desdichado sin hacer una excursión por todo el campo de sus desdichas. Achaque es éste del corazón humano, y ¡ojalá no adoleciera de otros más graves!

Perdone, pues, el lector las sobras, si le molestan, y aténgase á lo pertinente al caso, para comprender la importancia de los favores que hacía el señor don Venancio Liencres al patrón del Joven Antoñito de Rivadeo, sacándole del apuro de sus largas estancias junto al Muelle, una vez con fletes de preferencia, y otras con generosos anticipos de dinero.

Tolín sabía algo de esto, porque estaba cansado de hallarse con el patrón en la escalera, y de oir hablar de él á su padre; y como no hay patache que, por malo que sea, no tenga una lancha bastante buena, la del Joven Antoñito de Rivadeo era, casualmente, de las mejores en su clase: ligerita y esbelta, no mal pintada ni muy sucia. Tolín vió esto; y por verlo, se acordó de los vínculos que unían con su padre al patrón del patache; y acordándose de ello, un día se coló en el Joven Antoñito de Rivadeo, en el cual no le recibieron con palio, porque no le había; pero, en su defecto, el patrón se le presentó á sus marineros para que se le tratara allí como quien era, concluyendo por advertirles, pues barruntaba lo que iba buscando el chicuelo, que siempre que pidiera la lancha se la dieran, y hasta la ayuda del motil cuando tratara de salir de la Dársena.

Desde aquel día mandaba Tolín á bordo del patache más que el mismo patrón. Pero no abusaba. Su único entretenimiento era bajarse á la lancha, siempre ociosa, puesto que el barco estaba atracado al Muelle, y desde que el motil le había enseñado á [cinglar], andar voltejeando por la Dársena, ó corretear de aquí para allí agarrado á las estachas de los quechemarines y lanchones. Tolín habló de estas cosas con Andrés en cuanto fué su amigo; y Andrés, asombrado de la fortuna de Tolín, quiso que le presentara en el patache aquel mismo día; y Tolín le presentó, no solamente como un amigo, sino como su futuro consocio en la casa de comercio, y además como hijo del capitán de la Montañesa. Un solo título de éstos hubiera bastado para merecer toda la consideración de los tripulantes del Joven Antoñito de Rivadeo; con los tres juntos, casi le admiraron. Después trepó por la jarcia hasta los tamboretes, y bajó hasta el fondo de la bodega con la agilidad y firmeza de un grumete; y, por último, saltó á la lancha, armó uno de sus remos á popa, y cinglando con una mano sola y con la otra en la cadera, llegó, sorteando lanchas y cabos tendidos, hasta la Rampa Larga en un periquete, y en otro volvió. Aquello acabó de ganarle las simpatías de la tripulación del patache, y desde entonces ya tuvo barco donde holgar á su antojo, y lancha buena y de balde con que salir á bahía, solo ó acompañado, á correr las aventuras de remero y de pescador. ¡Nunca pudo imaginarse Tolín, poco dado á las emociones marítimas, el valor de la ganga que proporcionó á su amigo al partir con él su privanza á bordo del Joven Antoñito de Rivadeo!

Andrés, en cambio de este favor, quiso hacer partícipe á Tolín de todas sus amistades y entretenimientos, que pudieran llamarse de contrabando. Pero las diversiones del Muelle-Anaos no eran para el hijo de don Venancio Liencres. Las bromas de Cuco le asustaban; los Cafeteras, Pipas y Micheros, grandullones ya, le inspiraban poca confianza, y los Surbias, Coles, Muergos y Guarines, tropa menuda, con sus hembras y todo, le olían muy mal y le daban asco. De la Maruca ya había probado bastante para convencerse de que no debía volver allá. En la calle Alta, á donde también le llevó su amigo, le pareció bien la gente de la bodega; pero la bodega y el resto de la casa, no tanto; el resto de la casa sobre todo. La curiosidad le arrastró á explorarla un poco por la escalera. No pasó del tercer piso. Tramos inseguros; escalones desclavados ó carcomidos; ramales inesperados, á derecha é izquierda; y donde quiera que fijaba la vista, una puerta negra, mal cerrada y llena de rendijas... ¡muchas puertas!... ¡y unas caras asomando, á veces!... ¡con unas greñas!... ¡y unos rumores adentro, y unos gritos!... Luégo, mugre en las paredes, mugre en la barandilla, mugre en los peldaños... ¡y una peste á parrocha, y como á espinas de bonito, chamuscadas!... Llegó á creerse perdido y enfermo en un laberinto de horrores inmundos; dudó un instante si aquello era realidad ó una pesadilla, y retrocedió espantado, llamando á Andrés que ya subía en busca suya.

—Pues todas las casas de la calle son por el estilo... ó peores,—le dijo, para tranquilizarle.

Y Tolín, al saberlo, cogió miedo á toda la calle, por la cual no había pasado dos veces en su vida.

No le faltaban agallas, ni era dengoso; pero su parte física era débil, y el espíritu mejor templado flaquea dentro de un cuerpo enfermizo. Además, su educación había sido exclusivamente terrestre, y la tierra era su elemento para las pocas valentías que podía permitirle su naturaleza. Jamás se le hubiera ocurrido andar en bote por la Dársena, sin ser el bote de un amigo de su padre y capitán de un barco atracado al Muelle; conjunto de circunstancias que, cuando voltejeaba cerca del patache, le permitían considerarse en el portal de su casa, entre amigos de la familia. Lo menos marítimo de lo marítimo, en punto á recreaciones, era la Maruca, por abundar en ella la pillería terrestre; y por eso, y por estar cerca de su casa y conocerla mucho de vista, intentó, con mal éxito, acercarse allá.

De modo que le dijo á Andrés, después de la prueba de la calle Alta, que contara con él para todo menos para esas cosas; y como habiéndole acompañado un día á pasear en el bote del patache, y yendo los dos solos remando, les arrastrara la marea y los aconchara contra la cadena de una fragata, poniéndoles el bote casi quilla arriba, trance en el cual hubieran perecido sin el socorro de una barquía que pasaba, también le advirtió que no volvería á remar con él otra vez, si salían fuera de la Dársena.

Andrés se admiró de que hubiera un muchacho á quien no le gustaran esas cosas, y procuró complacer á su amigo acomodándose á sus gustos siempre que podía: apartóse algo de la Maruca y del Muelle-Anaos; pero no de la calle Alta, á donde iba con bastante frecuencia á echar largos párrafos con la gente de la bodega; porque además de que tío Mechelín, á quien había caído muy en gracia, le encantaba con sus relatos de la mar, con sus cuentos y, sobre todo, con su buen humor, y tía Sidora se gozaba mucho en verle por allí, al despedirse de todos nunca dejaba Silda de decirle, con su acento imperioso y su ceño duro:—Vuelve.