Y ¿cómo no había de volver Andrés, si le daba gloria ver á aquella chiquilla, poco antes medio salvaje, sentadita al lado de tía Sidora, tan limpia, tan peinada, tan aliñadita de ropa, tan juiciosita, pasando un hilo por dos remiendos para soltarse á coser, ó manejando el juego de agujas para aprender los crecidos en una media de algodón azul! Además, le había afirmado tía Sidora que sacaba mucho arte para la cocina y para el arreglo de la casa, y que cuando la llevaba consigo á las faenas de la Pescadería, de todo se enteraba y de todo le daba cuenta después; y eso que parecía que en nada paraba la atención. No quería ni que la hablaran de la vida que había hecho hasta allí desde la muerte de su padre. Por lo que toca á tío Mechelín, todo se le volvía contar á Andrés las habilidades de Silda, en cuanto ésta daba media vuelta, y enseñarle los botones que le había pegado, ella sola, en el chaleco, ó el remiendo que le había cosido en el elástico. En fin, que la chiquilla era otra ya, y el honrado matrimonio estaba chocho con ella. Á mayor abundamiento, las del quinto piso andaban calladitas como unas santas, cansadas de provocaciones y chichorreos inútiles desde el balcón y siempre que, entrando ó saliendo, pasaban por delante de la bodega, porque cuando uno no quiere dos no riñen, sin contar con lo que las refrenaba y contenía la declaración del Cabildo, que, desatendida, podía dar en qué entender hasta á la autoridad de Marina, cuyos fallos no admitían réplica. ¿Qué más! Hasta Muergo parecía influído benéficamente por la transformación de la chicuela. No solamente no había vendido la camisa, sino que andaba á la conquista de otra, ó de cosa mejor, presentándose á menudo en la bodega, con el poquísimo aseo que cabía en un puerco como él y triscándose, en tanto, los zoquetes de pan que, no de muy buena gana, le regalaba su tía.
¿No era harto justificable el placer que experimentaba Andresillo viendo tales cosas en aquella pobrísima morada? ¿No era el bienestar que reinaba en ella, alrededor de Silda, obra suya, hasta cierto punto?
¿Quién, sino él, había cogido á la desamparada criatura en medio del arroyo, y la había puesto en camino de llegar hasta donde había llegado? Que no pensara Tolín en apartarle de la bodega de la calle Alta, porque eso ni podía ni debía hacerlo él, aun sin lo mucho que le tiraban hacia allá sus aficiones marineras, los relatos del campechano tío Mechelín y las cariñosas deferencias de la tía Sidora.
XI
LA FAMILIA DE DON VENANCIO, DOS PUNTAPIÉS, UN BOTÓN DE ASA Y UN MOTE
No tomaba con tanto calor el asunto de la letra inglesa y del repaso de cuentas; pero no le desatendía. Su madre pedía á menudo informes al maestro, y éste se los daba bastante buenos; su padre, descansando en el interés que su mujer tenía en que Andrés navegara en popa por sus nuevos derroteros, sólo se ocupaba en los últimos menesteres para la habilitación de su barco, próximo á dar la vela para la Isla de Cuba; don Venancio parecía complacerse mucho en ver tan unidos á su hijo y al del capitán; y hasta la encopetada señora del comerciante había dado algún testimonio (no se sabe si espontáneo ó aconsejado por su marido) de que no le desagradaba el nuevo camarada de Tolín.