Al llegarse éste una tarde á merendar, muy de prisa, porque le aguardaba Andrés en el portal, le dijo su madre:
—Dile que suba á merendar contigo.
Y subió el hijo de Bitadura, después de hacerse rogar mucho, no de ceremonia, sino porque verdaderamente le imponían y amedrentaban más una señora y una casa como las de don Venancio Liencres, que la lucha, solo y á remo, contra el tiro de la corriente en mitad de la canal. Por eso entró algo acobardado, y también porque, no contando con aquel compromiso, llevaba los borceguíes sin correas, la camisa de cuatro días, un siete en una rodillera y el pellejo muy poroso, por haber bajado de una sola cataplera desde la calle Alta al portal de Tolín.
La señora de don Venancio Liencres era uno de los ejemplares más netos de las Muzibarrenas santanderinas de entonces. Hocico de asco, mirada altiva, cuatro monosílabos entre dientes, mucho lujo en la calle, percal de á tres reales en casa, mala letra y ni pizca de ortografía. De estirpe, no se hable: la más vanidosa, en cuanto se empinaba un poco sobre los pies, columbraba el azadón, ó el escoplo... ó el tirapié de las mocedades de su padre... ¡Ah... los pobres hombres! ¡Y cómo las atormentaban, sin querer, cuando, ya encanecidos, se gloriaban, coram pópulo y de ellas, de haber sido lo que fueron antes de ser lo que eran! ¡Groserotes! ¡Tener á título de honra el haber hecho un caudal á fuerza de puño, y el atrevimiento de contarlo delante de las hijas, que no habrían nacido, ó gastarían abarcas y saya de estameña, sin aquellas obscuras y crueles batallas con la esquiva suerte! En fin, miseriucas de pueblo chico, de las que apenas queda ya rastro, en buena hora se diga. Don Venancio Liencres era muy tentado de esas sinceridades delante de su mujer, que se ponía cárdena de ira al oirlas, después de haberse puesto azul, tiempos atrás, con otras idénticas de su padre. Pues ni por esos sempiternos testimonios de su vulgar alcurnia, que parecían providencial castigo de su vanidad, se curaba de ella. Por lo demás, era una pobre mujer que lo ignoraba todo: desde la tabla de multiplicar, hasta la manera de hacer daño á nadie, si no con el gesto.
Recibió á Andrés con la boca llena de frunces y una mirada que parecía pedirle cuenta de su desaliño. Cierto que Tolín no estaba mucho mejor aliñado; pero Tolín era Tolín, y Andrés era el hijo del capitán de un barco «de la casa.» Mientras se dirigía á abrir las vidrieras de un aparador que ocupaba media pared del fondo del comedor, alzó la voz indigesta lo indispensable para que fueran oídas estas palabras desde un cuarto del carrejo:
—¡Niña!... ¡Á merendar!
Y apareció en seguida la hermanita de Tolín, muy emperejilada con rica falda de seda, grandes puntillas en los pantalones, y todo lo mejor y más caro que podía llevar encima, á la moda rigurosa de entonces, la hija de un don Venancio Liencres en un pueblo en que siempre ha sido muy de notar el lujo de las niñas pudientes. Su madre la miró de arriba abajo, desarrugando los párpados y el hocico; y en seguida, volviendo á arrugarlos, le dijo á Andrés en una ojeada rápida y vanidosa:
—¡Mira esto... y asómbrate, pobrete!
La niña, que se llamaba Luisa, era un endeble barrunto de una señorita fina: manos largas, brazos descarnados, talle corrido, hombros huesudos, canillas enjutas, finísimo y blanco cutis, pelo lacio, ojos regulares y regulares facciones. Con esto y con el espejo de su madre, resultaba una niña finamente insípida, pero no tanto como la señora de Liencres; al cabo, era una niña, y podía más en ella la sinceridad propia de sus pocos años, que la confusa noción de su jerarquía, inculcada en su meollo por los humos y ciertos dichos de su madre.
Mientras ésta colocaba sobre la mesa tres platos, uno con higos pasos para Luisa, y los otros dos con aceitunas, la niña se fijó en Andrés, que cada vez se ponía más encendido de color y más revuelto de pelo.