—Y es guapo,—le dijo á su madre, mordiendo un higo.

—Vamos, come y calla,—le respondió ésta á media voz, colocando un zoquetito de pan junto á cada plato. Y luégo, dirigiéndose á los chicos, añadió, señalando á las aceitunas:—Vosotros, aquí; y en seguida, á la calle. ¡Pero cuidado con lo que se hace, y cómo se juega y á qué! No parezcamos pillos de plazuela. ¿Me entiendes, Antolín?

Tolín no hizo maldito el caso de la advertencia; pero Andrés se puso todavía más encendido de lo que estaba, porque pescó al aire cierta miradilla que le echó la señora al hablar á su hijo. El cual agarró con los dedos una aceituna. Andrés, al verlo, agarró otra del mismo modo; y armándose de un valor heróico, le hincó los dientes. Pero no pudo pasar de allí. Había comido, sin fruncir el gesto, pan de cuco, ráspanos verdes y uvas de bardal; pero jamás pudo vencer el asco y la dentera que le daba el amargor de la aceituna.

—Mamá, no le gustan,—dijo Tolín en cuanto vió la cara que ponía Andrés.

—No haga usted caso—se apresuró á rectificar Andrés, sin saber qué hacer con la aceituna que tenía en la boca.—Es que no tengo ganas.

—Es que no te gustan,—insistió Tolín, mondando con los dientes el hueso de la tercera.

—También yo creo que no le gustan—añadió la niña, estudiando con gran atención los gestos de Andrés.—Puede que quiera higos como yo.

—¡Quiá!... muchísimas gracias—volvió á decir Andrés, echando lumbre hasta por las orejas.—Si es que no tengo ganas... porque he comido cámbaros... digo, cambrelos de esos de á cuarto.

La señora le puso higos en lugar de las aceitunas, y dejó solos en el comedor á los tres comensales después de recomendar á Luisilla que despachara pronto su ración, porque la esperaba «la muchacha» para llevarla á paseo.

Desde aquel día merendó Andrés muy á menudo en casa de Tolín, y fué muchas tardes con éste, y á expensas de éste, á los volatines de la plaza de toros, donde Barraceta hacía la rana á las mil maravillas, y la famosa Mad. Saqui la Ascensión al Monte de San Bernardo, por una cuerda inclinada desde la sobrepuerta de los chiqueros, al tejado de enfrente. Andrés llegó á remedar tal cual á Barraceta, y Luisilla le mandaba hacer la rana casi todas las tardes que merendaban juntos, en cuanto se quedaban solos en el comedor. Tolín se descoyuntaba mejor que él; pero carecía de fuerza muscular para sostener todo el peso de su cuerpo sobre las manos, y no lograba dar un solo brinco con ellas; mientras que Andrés llegó á dar hasta ocho saltos seguidos, con gran admiración y aplauso de la niña. Se divertían mucho los tres. Después se separaban. Luisilla se iba con sus amigas á los Jardines de la Alameda segunda, y Andrés y Tolín á correrla donde mejor les parecía; como valiera el voto del primero, al Muelle de las Naos, ó á la calle Alta, ó al Joven Antoñito de Rivadeo, mientras estuvo atracado á la Pescadería.