Así pasó el verano y llegó el otoño; y Andrés y Tolín fueron arrimados, frente á frente, á un doble atril del escritorio de don Venancio Liencres, donde hacían poco más que voltear las piernas, colgantes de las altísimas banquetas; roerse las uñas de las manos, ó dibujar barcos y volatines con la pluma; ingresó Colo en el Instituto, más que á aprender latín, á llevar leña sobre sus desdichadas carnes, por mañana y tarde; Bitadura andaba por los mares de las Antillas; Ligo, Madruga, Nudos y otros tales, emprendieron largos viajes también; pae Polinar continuaba en sus ímprobas tareas de desasnar raqueros bravíos y de avenir voluntades incongruentes, sin curarse una miaja de su vicio arraigado de dar la camisa, cuando la tenía, al primero que se la pidiera.

Muergo no iba ya á su casa, porque á medio verano y por gestiones del fraile, á instancias de tía Sidora, fué colocado de muchacho de lancha en la de tío Reñales, patrón del Cabildo de Abajo. Costó mucho trabajo sujetarle á las diarias tareas de desenmallar la sardina, achicar el agua y otras semejantes de su obligación; pero algunos chicotazos y bofetones, aplicados de firme y á tiempo, le hicieron entrar por vereda, hasta que notó que cuando no iba á la mar con la lancha, se pasaba bien el rato entre los camaradas del oficio, esperándola en el Muelle, ó durmiendo sobre el panel para custodiarlas hasta la madrugada, ocasiones en que la necesidad les inspiraba recursos de gran entretenimiento, brutales casi siempre y hasta feroces, en relación con los gustos y naturaleza mortal de cualquier hijo de familia; mas no para aquella casta de seres excepcionales, amamantados por las intemperies, que, descalzos y medio desnudos, se duermen tan guapamente, hechos un ovillo, sin tiritar y cantando, en el hueco de una puerta cerrada del Muelle, durante las más frías y lluviosas horas de una noche de invierno.

Por razón de este empleo, dejó de frecuentar la calle Alta; pero subía allá siempre que le era posible, porque nunca volvía de la bodega sin haber sacado de ella, cuando menos, un buen zoquete de pan, que muy de buena gana le daba tía Sidora desde que le veía sujeto al yugo de una obligación. Silda había conseguido que se esquilara la greña una vez al mes, y se lavara un poco la cara cada ocho días; con lo cual antes ganaba que perdía la natural monstruosidad de Muergo, pues cuanto más se la desmochaba de accesorios y adherentes, más de relieve se ponía; lo cual no le extrañaba á la chica, ni la desencantaba lo más mínimo, puesto que no trataba ella de hermosear al hijo de la Chumacera, sino de someterle un poco á la disciplina y al aseo: un empeño como otro cualquiera.

En cambio, ella, ¡cómo esponjaba y se desconocía de hora en hora! ¡Oh! el pan sin lágrimas y el sueño sin sobresaltos, ¡qué prodigios obran en los niños desvalidos... y en los hombres desdichados! Ya cosía sin que tía Sidora le preparara la labor; menguaba una media sin contar en voz alta los puntos, y tejía malla de red con mucha soltura; era limpia como una plata; y poseyendo el instinto del aseo, los polvos y la mugre de aquella angosta y pobrísima morada huían delante de ella. El Muelle-Anaos, la Maruca, el Paredón... No había que mentárselos. Colo, Guarín y tantos otros camaradas de bribia y mosconeo, sólo quedaban en su memoria para recrearse en el bienestar presente con el recuerdo de las amarguras pasadas. No los aborrecía, porque ellos no tenían la culpa de los azares que la habían arrojado á aquella vida desastrosa; pero huía de encontrárselos en su camino cuando iba á la Pescadería ó á Baja-mar con tía Sidora, para ayudarla en sus faenas. Fuera de estas ocasiones, rara vez ponía los pies en la calle; no porque se lo prohibieran, sino porque no mostraba el menor afán por salir de su covacha. Por estos solos testimonios había que juzgar de su bienestar, porque jamás le revelaba de otro modo más elocuente. Era obediente y dócil sin esfuerzo aparente; pero no afable ni expansiva. Ya se la ha comparado con el gato, por su instintivo y natural aseo: pues también, como el gato, parecía sentir más apego á la casa que á sus habitantes; aunque, en honor de la verdad, debe declararse que, por esta vez, las apariencias engañaban: yo sé que había en su corazoncillo una buena dosis de gratitud á los favores que recibía del honrado matrimonio de la bodega; sólo que no se tomaba el trabajo de manifestarle en una frase, ni en una palabra, ni siquiera en un gesto; tal vez porque no se daba cuenta de lo que sentía, ni se cansaba en averiguarlo. Ni, después de todo, había para qué, pues tal como era y se conducía, dejándose llevar de la fuerza de sus propias conveniencias, estaban contentísimos de ella sus cariñosos protectores. Lo que yo no me atrevo á asegurar es que se hubiera doblegado, sin quebrarse, la natural esquivez de su carácter, en el supuesto de no andar tan á la medida como andaba, lo que se le pedía y lo que ella podía dar de buena gana y sin el menor esfuerzo.

Cleto, el hermano de Carpia, volviendo un día de la mar con toda la [ropa de agua] encima, dos remos al hombro y el cesto de los aparejos en el brazo desocupado, la halló acurrucada junto al primer peldaño de la escalera, limpiando la basura del portal. Como estaba vuelta de espaldas, no vió entrar al pescador; el cual, sobrio y económico de palabras hasta la avaricia, en lugar de mandar apartarse á la chiquilla, que le obstruía el camino, la dió una patada que la hizo perder el equilibrio.

—¡Burro!—exclamó Silda, en cuanto alzó la mirada y conoció á Cleto.

Detrás de éste iba Mocejón, renqueando, también cargado de ropa embreada, porque había llovido y seguía lloviendo, con el balde del macizo en una mano, y la otra sujetando la [lasca] y una [orza] que llevaba al hombro, hechas un haz con los cabos de la primera. Pues entre las patazas del padre se vió la muchachuela cuando la dejó medio tendida en el suelo la agresión brutal del hijo. De modo que apenas había intentado incorporarse, cuando ya estaba dando con las narices en el peldaño, en gracia de otro puntapié más fuerte que el primero, acompañado de estas palabras, que más parecían gruñidos:

—¡Fila, reñules!...

Silda no dió un grito ni lanzó un solo quejido, aunque, después de llevarse las manos á la cara, se las vió teñidas en sangre. Alzóse del suelo muy serenamente y se volvió á la bodega donde estaba tía Sidora, que nada había visto ni oído.

—Me [desborregué]—dijo al entrar,—y me caí contra el [escalerón].