Así explicó el suceso, quizá por horror á otros más graves de la misma procedencia. Tía Sidora dejó apresuradamente la obra que traía entre manos; colocó á Silda con la cabeza inclinada sobre el primer cacharro que halló á sus alcances, y le puso sobre la nuca la llave de la puerta: remedio acreditadísimo para contener la sangre de las narices. No tuvo el lance más consecuencias, ni extrañó á la muchacha lo más mínimo por lo que respecta á Mocejón. Por lo tocante á Cleto, ya era otra cosa. Cleto no era malo, ni jamás la dió un golpe mientras con él vivió. Cierto que no le había puesto en ocasión de ello, y que harto tenía que hacer el muchacho con la guerra en que vivía con su hermana, y que ni por casualidad la amparó con sus fuerzas para librarla, una vez siquiera, de las infinitas agresiones de aquellas mujeres tan infernales. Pero, así y todo, Cleto no era malo, de la maldad de toda su casta. Cleto era muy bruto, muy seco, nada más que muy bruto y muy seco; y ella no le ofendía en nada, ni se metía con él cuando él la tumbó de un puntapié. Y he aquí por qué sintió ella el puntapié de Cleto más que todos los martirios que la habían hecho sufrir las mujeres de su casa y el animal de Mocejón.

Otro día, muy pocos después de este percance, estaba Silda recostada contra el marco de la puerta de la bodega, acabando de echar un remiendo al chaleco de tío Mechelín. Á menudo trabajaba en aquel sitio, porque desde él veía lo que pasaba por la calle, sin exponerse á que las del quinto piso la sorprendieran en el portal. Como la tarde caía y la luz iba escaseando en aquel crucero, atrevióse á salir hasta la puerta de la calle para dar desde allí las últimas puntadas á su gusto. Á tal tiempo bajaba Colo por la acera, con las manos debajo de los sobacos y los ojos hinchados de llorar. Encaróse con ella en cuanto la vió á la puerta, y la preguntó, muy angustiado, por Andrés.

—Tres días hace que no viene por aquí—le respondió Silda.—¿Para qué le querías?

—Pa contale lo que me pasa, ¡Dios! y ver si en un apuro puede hacer algo por mí, él que es rico... ¡Paño, qué somantas!... Mira, Silda...

Y le mostró las palmas de las manos y las canillas de las piernas cruzadas de rayas cárdenas y sarpullidas de ronchones morados.

—¿De qué es eso, tú?—le preguntó la niña.

—De los varazos que me alumbran en el latín.

—¿Quién?

—El maestro, ¡toña! porque no embarco bien aquellas marejás de palabronas en judío... ¡Mal rayo! Mira: estas rayas más oscuras, son de hace cuatro días; estas otras, de ayer y de antier; estas gordas, de esta mañana; y de estos dos bultos encarnaos, saltó esta tarde la sangre al alumbrarme el varazo... ¡Dios!... Entonces ya no pude más, Silda... porque toos los días hay leña para mí; y según tenía el libro en esta mano mientres me rajaba á varazos esta otra, se le tiré á los morros, con toa mi fuerza, á aquel piazo de bárbaro. Escapéme; y primero me llevarán á presidio que al latín, ¡Dios!... y al que se empeñara en esto, sería capaz de abrirle en canal; y me abriría á mí mesmo tamién, ¡toña!... Pus güeno: ¿ves las manos y las patas cómo las tengo? Pus pior debo tener las espaldas...

—¿También te pegaba en las espaldas?