—No: me pegaba tamién gofetás en la cara y con el puño del bastón en el cocote, y hasta patás en la barriga. Lo de las espaldas es de mi tío el loco, y de ahora mesmo; porque al venir escapao, le dije que ésta y no más; y aquello, Silda, aquello fué una granizá de leña sobre mí, con el bastón de nudos; que Cristo, con serlo, no la hubiera aguantao sin rendir el aparejo... Con que... ¡Mírale!...
Y exclamando así, Colo apretó á correr hacia la cuesta del Hospital, porque vió venir hacia él, por lo alto de la calle, al temible cura loco, con los largos faldones de su levita ondeando al aire que movía su veloz andar; el bastón de nudos enarbolado en su diestra; el sombrero derribado hacia la coronilla, y los ojos relucientes; porque ésta era la particularidad más llamativa del famoso don Lorenzo.
Silda, al verle acercarse á ella, se retiró atemorizada al portal, precisamente en el instante en que bajaba Cleto de su casa. Sujetábase los calzones con ambas manos por la cintura, y murmuraba entre dientes algo como maldiciones y reniegos. Pero esta vez, aunque halló á Silda atravesada en su camino, no la apartó á un lado con los pies. Observando que cosía, detúvose y díjola:
—¿Me empriestas la uja un poquitín? Á mercar una salía ahora mesmo.
Á Silda no le pesó ver tan manso delante de ella á un sujeto del quinto piso, y particularmente á Cleto por lo que ya se ha dicho.
—¿Para qué la quieres?—le preguntó á su vez.
—Pa pegar este botón... No tengo más que él en los calzones... La bribona de Carpia me robó la escota pa amarrarse el rufajo; de modo que si arrío las manos, se me va á fondo la bragá.
—¿Por qué no te pegan los botones en casa?
—Porque allí no sabe naide tanto como eso.
—Pues ¿quién te los pegaba otras veces?