—Yo, cuando tenía uja... hasta que se me perdió.
—Y ¿quién te arremienda?
—En mi casa no se arremienda ná, bien lo sabes tú. Cuando allí se rompe algo, se deja así hasta que se cae, si no se pué contener con una carena de puntás. Ca uno se da las pirtinicientes... y al sol endimpués. ¿Me empriestas la uja? ¿Sí ú no?
—¿Quieres que te pegue el botón yo mesma?
—Mejor que mejor... Tómale: es de esa. De hormilla le tengo tamién arriba. Si te paece mejor, pico á traerle.
—Bueno es el de asa.
Silda le tomó en sus manos; rompió con los dientes, menudos, apretados y blanquísimos, la hebra de hilo negro que empleaba en remendar el chaleco de tío Mechelín; dióla al extremo resultante un nudo, solamente con el pulgar y el índice de su mano izquierda, operación en que la había ejercitado con gran empeño tía Sidora, porque decía que mujer torpe en anudar la hebra, nunca parecía buena cosedora; taladró, á duras penas, con la aguja el empedernido paño de la cintura del pantalón de Cleto, mientras éste le sujetaba apretando las manos contra la barriga; metió la aguja por el asa del botón, dejándole deslizarse hebra abajo dando volteretas, y comenzó á coser y á estirar la puntada, poniendo los cinco sentidos en aquella obra, la primera que hacía para fuera de casa.
Cleto no era feo. Había cierta dulzura y mucha luz en sus ojos negros; eran muy regulares sus facciones, y bien aplomadas y varoniles todas las líneas de su cuerpo. Pero andaba muy sucio, y las greñas indómitas de la cabeza le cubrían media cara, curtida por las intemperies y jaspeada por manchones de espeso y negro bozo que comenzaba á ser barba nutrida. Hasta la respiración contenía mientras Silda empleaba las escasas fuerzas de su manecilla, rechoncha y blanca, para hacer pasar la aguja por las durezas de aquel paño, que más parecía cartón embreado. En esta faena y aquella actitud les sorprendió tío Mechelín, que volvía de la calle con la pipa en la boca.
Detúvose unos instantes á la puerta, contemplando fijamente y con cara de pascua el inesperado cuadro, y exclamó luégo, sin poder contenerse más:
—¡Arrepara bien, Cleto!... ¡arrepara bien!... ¡Mira ese saque de mano!... ¡mira ese [cobrar] de veta... y ese atesar de puntá!... ¿Qué hay que pedir á ello en josticia de ley?