Volvió Cleto los ojos hacia tío Mechelín, y apartólos de él en seguida sin responder una palabra. Silda no se dió por entendida de aquellos piropos, ni siquiera con una sonrisa.
El regocijado pescador continuó soltando apóstrofes á Cleto y alabanzas á la costurera.
Acabóse la tarea; metióse en la bodega Silda, mientras Cleto, sin desplegar sus labios, se daba el botón recién pegado, y tío Mechelín no cerraba boca dirigiéndose á Cleto; y Cleto se largó sin despedirse, y el locuaz marido de tía Sidora todavía hablaba hacia él; y tras él salió hasta la puerta de la calle, y desde allí le siguió con los ojos... y con la palabra; y se arrimó al podrido marco cuando perdió de vista al mozo del quinto piso; y entonces, tentado de la pasión de locuacidad que solía acometerle, como ya se ha dicho, comenzó á pasear la mirada por la acera y los balcones y las ventanas de enfrente y sobre los transeuntes, diciendo al propio tiempo y en la más rica y pintoresca variedad de tonos y registros:
—¡Hay que verlo!... ¡vos digo que hay que verlo pa saber lo que son las sus manucas, y aquel dir y venir como la pluma mesma por los aires!... Ni pisa ni mancha... Le dice usté una vez la cosa: ya está entendía... Ella, la media azul; ella, la calceta blanca; ella, el remiendo fino; ella, el botón de nácara lo mesmo que el botón de suela; ella, la escoba; ella, la lumbre; ella, la puchera... Vamos, que pa too lo que Dios crió hay remo allí, con una gracia y una finura que lleva los ojos de la cara... Si me da el dolor en esta banda, ella calienta el ladrillo, y en un verbo me le lleva, engüelto en la baeta, á la cabecera de la cama. Si la mi Sidora cae de sus males, el angeluco de Dios la adevina los pensamientos pa que ná la falte, dende la onza de chacolate, bien hervía, hasta el reparo pa la boca del estógamo... ¿De alimento, dices tú?... Tocante al alimento, es poca cosa; pero es de buen engordar de suyo, como la den trabajo llevadero y un dormir sin pesaúmbres... Oir, no se la oye palabra, si no es pa responder á lo que se la pregunta, ú preguntar lo que ella buenamente no puede saber... ¿De vestir?... ¡Pus no da gloria de Dios ver cómo le cae hasta un trapuco viejo que usté le ponga encima? Si vos digo que, á no saber quién fué su madre, por hija se la tomara de anguna enfanta de Ingalaterra... cuando no de una señora de comerciante del Muelle... Pos ¿y el arte pa el deletreo de salabario, en primeramente, y pa la letura en libro dimpués?... Y ¿qué me dices tú de los rezos que ha aprendío en un periquete, que hasta el pae Polinar se asombra de ello?... Ná, hijos, que si la enseñan solfa, solfa aprende... ¡Uva!... Y á too y á esto, finuca ella; finuco el su andar; finuco el su vestir, aunque el vestío sea probe; la mesma seda cuanto hacen sus manos, y limpio como las platas el suelo por onde ella va y el rincón en que se meta... Que es asina de natural, vamos. Y lo que yo le digo á Sidora cuando me empondera la finura de cuerpo y la finura de obra del angeluco de Dios: «esto, Sidora, no es mujer, es una pura sotileza...» ¡Toma! y que así la llamamos ya en casa: Sotileza arriba y Sotileza abajo, y por Sotileza responde ella tan guapamente. Como que no hay agravio en ello, y sí mucha verdá... ¡Uva!
Y por eso y desde aquellos días, se llamó Sotileza la huérfana del náufrago Mules, no solamente en casa de tío Mechelín, sino en todas las demás casas de la calle, y en la calle misma, y en el Cabildo entero, y en el Cabildo de Abajo también, y en todas partes donde fué conocida su afamada belleza, con lo que de ésta se siguió fácilmente y verá el curioso lector, entre otras cosas igualmente vulgares y de todos los días, si se arma de paciencia para acompañarme en el relato otra jornadita más.
XII
MARIPOSAS