Entre las gentes marineras (y no se ofendan las de acá, porque el oficio que traen no es para otra cosa), una persona limpia es punto más rara que las peras de á tres libras. En Sotileza fué creciendo con los años el instinto del aseo; y, á mi modo de ver, de la fuerza del contraste que formaba aquélla su inverosímil pulcritud de carnes y de vestido con la basura de lugares y personas en medio de la cual vivía (y he aquí cómo el diablo me arrastra por tercera vez á la comparación del gato con la huérfana de Mules); á mi modo de ver, repito, de la fuerza de este contraste, tan singular y llamativo, debió nacer en el Cabildo de Arriba la fama de la hermosura de Sotileza, confundiendo la torpe percepción de los sucios marineros el atributo con la esencia, ó mejor dicho, los colores con la forma. Porque yo recuerdo muy bien que lo primero que se echaba de ver en aquella garrida muchacha cuando estaba, á los veinte años, en la flor de su galanura, era la limpieza extremada de su atavío, en el que dominaban siempre las notas claras, como si esto fuera un alarde más de su pulcritud á prueba de peligros; y no emperejilada para las fiestas de la calle, ó las bodas de la vecindad, ó la misa ó el paseo de los domingos, que esto probaría bien poco; sino todos los días, á la puerta de la bodega, en lo alto del Paredón, atravesada en la acera, tejiendo la red en el portal, sacando la barredura á la mitad del arroyo, ó remendando los calzones de tío Mechelín; en refajo corto, descubriendo por debajo tres dedos de lienzo más blanco que la nieve; con justillo de mahón, rayado de azul; pañuelo de mil colores sobre el alto, curvo y macizo seno; á medio brazo las mangas de la camisa, y otro pañolito de seda, claro también, graciosamente atado, á la cofia, sobre el nutrido moño de su pelo castaño con ondas tornasoladas de oro bruñido. La curiosidad que excitaban estos llamativos pormenores, movía los ojos del observador á hacer otras exploraciones; y entonces se reparaba en los aplomos admirables y en los lineamentos finos y gallardos de la pierna y del pie, desnudos y blanquísimos, que asomaban por debajo de la tira de lienzo; en el torneado brazo, desnudo también; en el cuello redondo y escultural, que se alzaba sobre los anchos hombros, y, por fin, en la cara saludable, fresca, verdaderamente primaveral, la porción más envidiable de la valiente cabeza que el cuello sostenía, y sobre el cual centelleaban, al bambolearse, los anchos anillos de oro colgando de las menudas orejas.
Tal era lo que, en el orden señalado, iba saltando á los ojos de un observador algo adiestrado en los intríngulis del arte, al contemplar á Sotileza por primera vez en su propio y natural terreno; con los cuales elementos, si hay para construir lo que se llama toda una buena moza, se puede estar muy lejos de llegar á la hermosura que atribuyó la fama indocta á la memorable callealtera. Examinándola todavía más al pormenor, las líneas de su cara distaban mucho de estar ajustadas á los buenos modelos de la belleza clásica: la frente pecaba de angosta; la boca, aunque pequeña y fresca, era durísima de expresión; la mirada de sus rasgados ojos, demasiado cruda; el entrecejo muy acentuado, y el contorno general no daba la corrección de los trazos atenienses. Aunque separadamente fuera intachable cada porción de su cuerpo, éste, en conjunto, si bien flexible y gracioso, no era un modelo escultórico. En una palabra, Sotileza no era una hermosura en el sentido artístico de la expresión; pero reunía todos los atractivos necesarios para ser la admiración de los mozos de su calle, y excitar la curiosidad y luégo hasta el frenesí de los antojos en los hombres cultos, más esclavos de las malas pasiones que del sentimiento estético. Su voz era de hermoso timbre, con unas notas graves que acentuaban poderosamente el vigor de su frase lacónica, y entonaba muy bien con la expresión de su semblante. Lejos de corregirse ésta su nativa esquivez, había ido afirmándose con los años; y aunque esta cualidad no la arrastraba jamás á ser chocarrera ni provocativa, cuando se le buscaba la lengua por las envidiosas ó por los atrevidos, sus aceradas sequedades la hacían verdaderamente temible.
Con el poder de su rica naturaleza, y acaso, acaso, con la conciencia de su hermosura, había adquirido el valor que no tuvo de niña para arrostrar de frente ciertos peligros, y logrado imponerse, hasta con la mirada, á las hembras de la familia de tío Mocejón; triunfo de que se ufanaba Sotileza, por ser de los poquísimos en que había puesto todo su propósito desde que comenzó á comprender que para conseguir ciertas cosas una mujer de su carácter, no necesitaba más que empeñarse en ello. Por supuesto, que no ignoraba que las del quinto piso, más que corregidas, estaban domadas á la fuerza, ni que, por consiguiente, no dejarían de aprovechar la primera coyuntura que se les presentara para herirla impunemente; pero, por de pronto, la fiera, aunque gruñendo, estaba enjaulada, y ella tenía, en el prestigio de que gozaba en la calle, el arma con que atormentar su espíritu envidioso; y en el temple de su carácter, la fuerza necesaria para imponerse.
Cleto la había dicho varias veces, desde aquello del botón:
—Cuenta conmigo hasta pa darlas una paliza, si te conviene... ¡porque son muy malas!
Y Sotileza se había sonreído, por conocer la calidad del motivo que arrastraba á Cleto á proponerle aquella ociosa barbaridad.
Porque Cleto frecuentaba mucho la bodega. El pobre muchacho, que era de un natural candoroso y bonachón, desde que nació no había cultivado otro trato que el de las gentes de su casa, gentes puercas y feroces, sin arte ni gobierno, reñidoras, borrachas y desalmadas; y no sabía que un mozo como él, que no sentía la necesidad de ser malo ni hallaba placer en vivir como se vivía en el quinto piso, podía encontrar en otra parte algo que echaba de menos cierto aquel, á modo de entraña, que le escarbaba allá adentro, muy adentro de sí mismo, como lloroso y desconsolado. Y este algo pareció en la bodega, en la jovialidad de tío Mechelín, en la bondadosa sencillez de tía Sidora, y hasta en la limpieza y el buen orden de toda la habitación. Allí se hablaba mucho sin maldecir de nadie; se comían cosas sazonadas á horas regulares; se rezaban oportunamente oraciones que él jamás había oído; y si se quejaba de algún dolor, se le recomendaba con cariño algún remedio, y hasta se le preparaba la misma tía Sidora... En fin, daba gusto estar allí, donde se hallaban tantas cosas de que él no tenía la menor idea; muchas cosas que le alegraban aquella entraña «de allá adentro,» que antes siempre estaba engurruñada y triste; y le hacían coger apego á la vida, y distinguir los días nublados de los días de sol, y los ruidos ásperos de los sonidos dulces; y hablar, hablar mucho sobre todo lo que le hablaran, y recordar lo que había sido antes para recrearse un poco en lo que iba siendo.
Porque, al mismo tiempo, crecía Sotileza; y según iba creciendo, reparaba él cómo se transformaban las líneas de su cuerpo y se acentuaban la redondez y tersura de sus carnes, el poder y la luz de su mirada y las armonías de su voz; y cómo iba llenando ella sola la bodega con todas estas cosas y su remango de mujer hacendosa, y hasta con su luz; porque hubiera jurado el pobretón de Cleto que de ella, y no del sol de los cielos, eran aquellos resplandores que se esparcían por la casa... Después se volvía á la suya, donde no hallaba qué cenar ni cama en qué acostarse, y oía maldiciones y blasfemias, y le querían devorar aquellas mujeres infernales, porque tomaba tanta ley «á los pícaros de abajo.» Y estas cotidianas escenas le hacían acordarse con nuevas ansias de la bodega, y en cuanto hallaba un rato desocupado, tornábase á ella; y más de una vez, considerando lo que arriba le esperaba, tuvo los labios entreabiertos para decir á tío Mechelín, puesto de rodillas delante de él:
—¡Déjeme vivir aquí para siempre!... No quiero cama ni comida. ¡Yo dormiré sobre los ladrillos de la cocina y comeré un mendrugo en la taberna, de lo que gane trabajando para usté!