—Muergo le merece,—contestó la muchacha.

—¡Merecerle ese móstrico de Satanás!... ¿Por qué?—exclamó la marinera.

—Porque sí,—respondió secamente la otra.

—Mejor razón que esa deseara yo; pero aunque valga lo que tú quieras, mejores las hay en contrario, y ciego será quien no las vea... Sólo que hay que nacer con suerte, y ese animal la tuvo contigo dende que debistes aborrecerle... ¡Mal año pa las enjusticias contra la ley de Dios! Y mira que no me llegara la tuya tan al alma, si no te viera negar hasta los «buenos días» al venturao de arriba, que es un peazo de pan, de pies á cabeza, cuando ná te paece bastante para el cerdo de mi sobrino.

—Cleto es de mala casta.

—¡Pues mira que el hijo de la Chumacera!...

—Cada uno tiene sus gustos.

—Y los viejos mucha experencia, hijuca, y hasta la obligación de aconsejar á los mozos, cuando los mozos no van por el camino derecho.

—¿Y qué mal hago yo en mirar con caridá por quien es aborrecible á todos?

—El mal de dar alas á quien no debe volar con ellas.