—¡Porque es feo!

—Porque no es bueno.

—No roba ni mata.

—No le ha dao por ahí; que si le da, no será el entendimiento quien se lo estorbe. Y ten entendido que á Muergo, más que por feo, se le aborrece por burro con zunas.

—Otros las tienen y son bien vistos.

—Porque tamién tienen prendas de estima... Y mira, hijuca, no te ofendas ni te me enfades; pero más te dijera sin el temor de que pienses que lo que ese animal nos come, por tus blanduras, es lo que á mí me duele para hablar como hablo.

Y tras estas palabras, como Sotileza callara, sentáronse ambas, por mandato de tía Sidora, á concluir de pegar un paño á una saya vieja de ésta, porque al día siguiente era domingo, á la luz del candil, colgado de un clavo en la pared, junto á la alcoba matrimonial.

En esto bajaba Cleto de su casa, y tropezó con Muergo que entraba en el portal; y como si el primero hubiera estado oyendo las amonestaciones de tía Sidora á Sotileza y ellas le inspiraran tan súbita resolución, dijo á Muergo muy callandito, pero con suma vehemencia, mientras le agarraba con ambas manos por la pechera del elástico peludo:

—¡Quiero que no güelvas por aquí más!

—¡Puño!—respondió Muergo, también por lo bajo.—¿Y quién eres tú pa mandar esas cosas?