—¿Te güelves ó no te güelves por onde has venío?—insistió Cleto sin soltar al otro.
—¡No, puño!—respondió el del Cabildo de Abajo.
—Pus te voy á dar dos morrás... Pero no grites anque te salte las muelas... Tampoco yo gritaré.
Y como lo dijo lo hizo. Sonaron dos golpes secos, y después otros dos por el estilo, entre un rumor confuso de interjecciones groseras y de jadeos de la respiración; luégo otro golpe más recio y sonoro, como el de una cabeza contra el portón de la calle; casi al mismo tiempo, una blasfemia de Muergo, medio en falsete... y todo volvió á quedar silencioso en las tinieblas del portal, entre las cuales escupía Muergo más sangre que saliva, y se palpaba los dientes uno á uno, por ver si los conservaba enteros; mientras Cleto, después de haber desahogado un poco su veneno, se largaba calle abajo, temeroso de lo que pudiera ocurrirle en la bodega, si entraba en ella á la vez que el otro, y el otro contaba lo sucedido, ó lo adivinaban las de adentro sin que lo contara nadie.
Pero Muergo no estaba de humor de referir cosa alguna de esa especie; y como en una cara como la suya significaban muy poco unos cuantos flemones de más ó de menos, nada le preguntaron las mujeres por los tres que se alzaban bien altos alrededor de la bocaza. Dió las buenas noches en un gruñido, y preguntó por su tío.
—Salió á por tanzas pa la sereña,—respondió su mujer.
—¿Hay ujana?
—Se sacó por si acaso.
—Pus que apareje trempano la barquía, porque mañana iremos á barbos dempués de la primera misa, antes que apunte la marea. Si él no puede, que se quede en la cama, porque tamién vamos yo y Cole. Ese recao traigo... ¡ju, ju, ju!
—¿Cómo no vino el mesmo don Andrés?—preguntó la marinera.