—Dijo que estaba muy ocupao... ¡Puño, qué pilás de duros encima de aquella mesa!... ¡Me valga!... ¡Se podía anadar entre ellos... y ajuegarse tamién!... ¡ju, ju, ju!

Llegó en esto tío Mechelín. Andaba más perezoso y abatido que años atrás. Faltábale también en el rostro aquella expresión de regocijo con que le conocimos. Repitiéronle el recado que había traído Muergo, y añadió su mujer:

—Si no estás pa ello, quédate en la cama. Muergo y Cole han de ir de toas maneras.

—Estoy pa ello—respondió el pescador mirando á Sotileza, que parecía animarle con los ojos.—Lo que siento es, dicho sea sin agravio de naide, que pa estas cosas se alcuerde más don Andrés de los de Abajo, que de las mesmas gentes de acá que andan con uno en la barquía... Los hombres lo sienten: la verdá sea dicha. Pero son fantesías de aprecio á otros, que hay que respetar.

—Pues si á respetos no fuéramos, Miguel—repuso la marinera,—y á respetos de otra clase, ¿quién mejor, pa ayudarvos en tales días, que ese venturao de Cleto?

—¡Uva!—respondió tío Mechelín.

Al oir el nombre de Cleto se revolvió Muergo sobre el escabel, como un oso hurgado por el espinazo.

—¿Qué tienes, burro?—le preguntó su tío.

—Ná que le importe,—respondió Muergo.

Cole era un pescador valiente y entendido, que años antes fué un pillete que el lector conoció, con el mismo nombre, en casa del padre Apolinar. No son raros tales casos entre los mareantes santanderinos. Díganlo, sin salirnos del término de nuestro relato, Guarín, Toletes y Surbia, otros tres raqueros transformados con los años en pescadores de empuje y de vergüenza. También salió cosa buena para el oficio Colo, el de la calle Alta, después que dejó el latín y fué recogido en la casa de Caridad el energúmeno de su tío.