Su hijo y Andrés le reemplazaban en el banco de la paciencia (así llamaba él al escritorio á la antigua). Tolín había salido muy dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento: los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina de arriba y de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía una excelente nariz, delicado paladar y admirable sutileza de tacto en las yemas de sus dedos para examinar muestras de harina, azúcar y cacao; y sobre todo, afición, que es el misterio de todos estos tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía á su cuidado la caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre, hicieron que se acomodara sin disgusto á aquellas tareas tan ingratas para quien no las penetre con verdadero amor á los fines á que se enderezan. Bastaba ver á los dos amigos, para comprender sin esfuerzo esta diversidad de gustos y de aptitudes entre ambos. Tolín era un jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena fisonomía, reparón y hasta minucioso en la mirada; escogido, ó más bien preciso en la frase, metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras sobrantes de papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos numéricos, en guarismos que parecían de molde; sabía repartir la atención convenientemente y sin embarullarse, entre varios asuntos á la vez; y aunque era ágil en sus movimientos y poco dengoso, no había en su vestido correcto ni una mancha ni una arruga. En fin, que caía en el escritorio como santo en su peana.

Andrés era un mocetón sanguíneo, frescote, de mirada voraz, pero rápida y versátil; esbelto, varonilmente hermoso en cualquiera de sus actitudes. Sentado, á media nalga, delante del atril, crujía la banqueta á cada rasgo de su pluma; y mientras los rizos brillantes de su pelo negro se le bamboleaban delante de los ojos, su boca no cesaba de murmurar alguna palabra, ó de silbar muy bajito los aires más corrientes. Una equivocación de pluma le hacía prorrumpir en las más lamentosas exclamaciones, y por un borrón insignificante se decía á sí propio las mayores atrocidades, olvidado de que había gentes que le escuchaban; y, sin embargo, el volar de una mosca le distraía, y al menor ruido de la calle se plantaba de un salto á la ventana del entresuelo. En los cobros y pagos que tenía á su cargo, como cajero de la casa, armaba un estruendo de dos mil demonios al contar las monedas que le entregaban, ó al derramar encima del mostrador los talegos de napoleones, ó al probar la ley de los sospechosos, haciéndolos rebotar sobre el tablero. Por lo demás, era puntual asistente á las horas de trabajo, y placentero y servicial para todo y para todos; pero no le cabía la vida en el pellejo, y necesitaba todas aquellas inquietudes y los otros estruendos para no ahogarse dentro de la envoltura. Como se ve, no podían darse dos naturalezas más distintas entre sí que las de Andrés y Tolín. Lo único en que se parecían los dos mozos era en el cordialísimo cariño que mutuamente se profesaban.

Á los pocos meses de ingresar en el escritorio, enfermó Tolín. La fiebre duró muchos días, y la convalecencia fué larga. Andrés, como ya se ha dicho, sabía pintar barcos con tinta, añil y [botabomba]. Tolín salió algo mañoso de la enfermedad, y quiso que su amigo le entretuviera de día y de noche, pintando barcos y muñecos á su lado; y Andrés tuvo la santa paciencia de estar cerca de quince días pinta que pinta, sobre un velador que se arrimaba á la cama de su amigo, mientras éste no pudo levantarse, y luégo en la mesa del comedor. Á todas estas sesiones de arte casero asistía Luisa cuando no estaba en el colegio, siguiendo sin pestañear los rumbos del pincel y de la pluma de Andresillo, que ya sabían trazar, respectivamente, sin que la mano los moviera, una mar borrascosa con cuatro descargas de añil, un velamen de polacra con una inundación de botabomba, y un casco y su aparejo con dos docenas de rayas hechas «en un decir Jesús.»

—Pinta ahora al capitán,—le decía Tolín alguna vez.

Y Andresillo pintaba un muñeco, que daba en las vergas con la gorra.

—Ahora al piloto,—añadía Luisa.

Y el piloto se pintaba junto al capitán; y luégo todos los tripulantes, y el perro de á bordo, y el gallinero, y la rueda del timón, y un lechoncillo, y media docena de gallinas... hasta que decía Andrés:

—Ya no caben más cosas.

Tolín quiso, al cabo de los días, echar también su cuarto á espadas; y como en sus buenos tiempos de granuja había cultivado algo el dibujo franco en las paredes de los portales, y era, por naturaleza, bastante dispuesto para las obras de imitación que no exigieran otras virtudes que la paciencia, en fuerza de disolver terrones de añil y de botabomba, y de pringarse los dedos y los labios, llegó á pintar tan á la perfección como su maestro, aunque éste no lo creía así, y se lo decía por lo bajo y á la disimulada á la niña cada vez que ésta, dando con el codo á Andrés, le señalaba, con el asombro en los ojos, lo que iba pintando su hermano.

El cual se aficionó tanto al arte, que después de volver á sus tareas de escritorio, continuó pintando por su cuenta en los ratos desocupados; y como su padre le comprara una caja de pinturas de las mejores (cinco reales y medio, ó seis á lo más, valían), de las mejores, repito, que se vendían en los Alemanes de la calle de San Francisco (negras, con tapa carmesí, barnizada), se dió á pintar cuanto Dios crió y se le metía por los ojos. Entonces pintó á don Venancio Liencres, de perfil, con saco negro, sombrero de copa y bastón; á su madre (á la del pintor), con manteleta flecuda, gorra con plumajes y vestido rayado, de perfil también; á Luisilla, en adecuado atalaje, igualmente de perfil, y á la cocinera y á la doncella y al tenedor de libros... á todos de perfil y encarados á la izquierda, por no saber arreglárselas por el otro lado, y mucho menos con las figuras de frente. Después pintó sillas y bancos y mesas y el gato, y copió las flores del papel del comedor y las figuras de la baraja; hasta que, viéndole su padre con vocación tan decidida, trató de ponerle á aprender el dibujo, por principios, con Cardona, que daba lecciones en su taller del teatro; pero Tolín no estaba por retroceder á los enojosos y lentos preliminares de escuela, después de llegar hasta donde él había llegado en el arte, y quiso continuar cultivándole sin más guía que su pertinaz inspiración. Proveyóse de papel de marquilla, que nunca había tenido, y se lanzó al paisaje. Entonces copió, á trozos y en detalles, cuanto se alcanzaba á ver desde su casa por delante y por detrás. Esta obra duró años; porque al mismo tiempo trabajaba con afición y aprovechamiento en el escritorio de su padre, y el panorama es enorme, y sus detalles eran infinitos. Solamente la casa de Botín con los sillares de sus arcos, uno á uno, y con las tabletas de sus persianas verdes, una á una, le llevó cerca de tres meses: háganme ustedes el Muelle, losa á losa; y la Catedral, canto á canto y teja á teja, y así la bahía con sus barcos y sus montañas del fondo; y el Alta, con su Atalaya y sus árboles; y la Maruca, y San Martín; y á ver quién es el guapo que se compromete á pintarlo en menos tiempo.