Andrés se puso muy colorado, porque era la verdad que se alampaba por la compañía de esas gentes y por aquellas diversiones.

Las que le absorbían el seso á Tolín, juntamente con el cambio operado en sus costumbres públicas, por obra del tiempo que iba corriendo y de las condiciones enclenques de su naturaleza, fueron apegándole de tal modo al rincón de la casa, que aquellas tertulias nocturnas del tiempo de su convalecencia llegaron á ser para él una verdadera necesidad. Ni con agua hervida se le podía echar á la calle en cuanto se encendían los faroles públicos.

El núcleo de su tertulia le componían Luisa y Andrés. Algunas veces se arrimaban allá tres ó cuatro amiguitos y amiguitas de la vecindad; pero esto ocurría pocas veces, sin pena alguna de los otros, que se encontraban muy á su gusto estando solos. Por lo común, mientras Tolín pintaba, Andrés refería lo referible de sus aventuras marítimas, y Luisa atendía á la pintura y á los relatos, sin perder una pincelada ni una frase.

Algunas veces metía su cucharada en las dos cazuelas, y decía, por ejemplo, á su hermano:

—Me parece que ese verde es más de lechuga que de mar.

Ó interrumpía á Andrés con estas palabras:

—Pues eso no le cae bien á un muchacho decente como tú. Á lo mejor, hueles á esas pringues de lancha... y puede que también digas cosas feas cuando nosotros no te oímos.

Andrés, porque quería de veras á Tolín, concurría con asiduidad á aquella tertulia, en lo cual se complacían mucho su madre (la capitana) y don Venancio Liencres, á quien el hijo de Bitadura estaba más obligado cada día. Porque si le hubiera dicho quien tenía autoridad para ello: «pásate esas dos ó tres horas que se te conceden de libertad por la noche, donde más te agrade,» ¡oh, entonces!... entonces, sin abandonar por completo á Tolín, no frecuentara tanto su casa, con la pejiguera de mudarse la camisa un día sí y otro no, y el riesgo, entre otros, siempre gravísimo para él, de tropezarse á lo mejor con la señora de don Venancio, tan seria y estirada, y tener que saludarla muy atento y cortés, en la seguridad de no ser respondido más que con una palabra, y esa corta y seca. Bastante más le consideraban y se divertía en la bodega de la calle Alta, y junto á la Capitanía del puerto, ó en la punta del Muelle, ó en los Arcos de Hacha; donde quiera que hubiera marineros desocupados y en corrillo. ¡Conocía y trataba á tantos de ellos!...

Según fué creciendo, las llamadas conveniencias sociales le obligaron á guardar un poco más la distancia; pero no por eso perdieron una pizca de fuerza sus inclinaciones: antes bien, se afirmaban y crecían con él, lo cual era crecer mucho, porque Andrés crecía y ensanchaba que era una bendición de Dios. Á los diez y siete años rebasaba de la talla más de dos dedos, y alzaba en el almacén una quintalera en cada mano hasta más arriba de las caderas. Remando, daba torno al marinero más forzudo, y gobernaba el aparejo de un bote ó de una lancha con singular destreza. Ni sures ni vendavales le imponían; y contra vientos y mareas bregaba triunfante, y no sólo impávido, sino gozoso. Yo no sé qué demonio tenía la mar para aquel muchacho; parecía de la naturaleza de los perros de lana: en cuanto la veía, ya estaba buscando un pretexto para arrojarse á ella. Conocía las corrientes, las puntas de arena y todos los misterios de la bahía, como el mejor práctico, y había corrido en ella cuantos riesgos y temporales pueden correrse por nieblas, varaduras y vientos desencadenados... En fin, que se la sabía de memoria. Entróle comezón de ir aprendiendo algo de mar afuera, y para lograrlo no desperdiciaba ocasión. La primera se la ofreció la casualidad.

Las lanchas de práctico no tienen tripulantes fijos, y se echa mano de los primeros que se presentan. La remuneración es tal cual. Por un [limonaje] á un barco que pase de ciento cincuenta toneladas, se le cobran doscientos veinte reales, de los cuales ciento son para el práctico, soldada y media para la lancha, y el resto para repartir entre los marineros. Cada día entran dos prácticos de servicio, los cuales deben estar, una hora antes de amanecer, en la boca del puerto; y no pueden retirarse hasta otra hora después de anochecido. Si el servicio de estas dos lanchas no alcanza, avisa el práctico mayor, para los casos extraordinarios, al patrón ó á los patrones que se necesiten, por riguroso turno.