—Y sobre lo otro también,—replicó la capitana con ahinco.
—¿Y cuál es lo otro?
—Lo otro es que no hay quien le despegue de esa condenada bodega de la calle Alta.
—¿La de Mechelín?... ¡La casa más honrada y pacífica de todo el Cabildo de Arriba! Allí bien está... mejor que en la Zanguina, donde le he visto yo una noche al pasar por delante de la taberna.
—¡También á la Zanguina!... ¡y por la noche! Pues ¿no va á casa de don Venancio?
—Por lo visto, hace á todo el ángel de Dios. ¡Si te digo que saca una filástica!... Pero no te apures por lo de la Zanguina, porque eso corre de mi cuenta.
—Pero ¿qué dirán en casa de ese señor?
—No saben nada del caso... Y si lo supieran, ¡qué demonio!... ¿les he entregado yo el hijo para que les haga la corte á todas horas? Pues mírate: entre los dos extremos, más le quiero con resabios de Zanguina, que plagando la casa y la ciudad de mascarones pintados con añil y yema de huevo, como hace el otro.
—Yo me entiendo, Pedro.
—También me entiendo yo, Andrea... y también te entiendo á tí; sólo que tampoco en eso vamos conformes. Lo que esté de Dios, á la mano ha de venirse; y lo que no venga de ese modo, ni debe buscarlo él, ni debes forzarle tú para que lo busque; porque ni lo necesita, ni, si me apuras un poco, le conviene... Y basta de conversación.