XIV
EL DIABLO EN ESCENA
Precisamente muy pocas horas después de ella, fué cuando Andrés se decidió á manifestar á su padre uno de los deseos, de los pocos deseos más voraces que sentía: tener un bote suyo, ó la mitad siquiera, como muchos jovenzuelos de su edad. Porque entonces había una escuadrilla de elegantísimos esquifes particulares (que se fondeaban enfrente del café Suizo), como ahora hay caballos de regalo y coches de fantasía. Procuró suavizar las asperezas que pudiera llevar consigo la pretensión, declarando á su padre que arrimaría á la compra todos los ahorros que había hecho de los sueldos y gratificaciones ganados en el escritorio. Sonrióse el capitán y le ofreció el regalo de un esquife nuevo, á condición de que no volviera á la Zanguina más que de tránsito y en los casos de necesidad; porque necesidad de darse una vuelta por la Zanguina, la tenían cuantas personas de abajo eran dueñas de bote, ó aficionadas siquiera á los placeres de bahía. Andrés aceptó de buena gana la condición; y con las instrucciones del mismo Bitadura, le construyó Lencho un esquife, aparejado de balandro, tan esbelto y sutil, que navegaba solo.
Por entonces empezó tío Mechelín á adolecer de muchos achaques que á menudo le impedían salir á la mar, y aun le postraban en la cama. Los míseros ahorros se agotaron, y en la bodega comenzaron á sentirse varias necesidades, porque la labor de las mujeres no daba para cubrirlas todas. Andrés lo observó con mucha pena, sobre todo cuando se convenció de que los achaques del honrado pescador eran lacras del oficio enconadas por el peso de los años; es decir, de las que no tienen cura y piden grandísimos cuidados para ir pasando el enfermo, poco á poco, el último y breve tramo de la vida.
—Yo no sé—decía una tarde tía Sidora á Andrés, con los ojos empañados, mientras su marido se quejaba, tendido sobre la cama,—cómo, mirándose en este espejo, hay hombre tan dejao de la mano de Dios que se mete en este oficio. ¡Enfeliz! ¡Cincuenta años largos de bregar en esos mares, con fríos que aterecen, con soles que abrasan, con vientos, con lluvias, con nieves; poco descanso, una pizca de sueño; y vuelta á la lancha antes de romper el día; y cierre usté los ojos por no ver la estampa de la muerte que se embarca primero que naide, y va siempre allí, allí, con los enfelices, pa acabar con toos ellos cuando menos lo esperan y onde no hay otro amparo que la misericordia de Dios! Mire usté, don Andrés: yo no sé qué me pasa cuando me regatean cuarto á cuarto una libra de merluza en la plaza, gentes que tiran un duro por un pingajo que no necesitan. ¡Si supieran lo que cuesta sacar aquel pescao de la mar! ¡Qué peligros! ¡Qué trabajos!... ¿Y pa qué, señor? Pa que el primer día que el enfeliz mareante se quede en la cama, no tenga su familia que comer... por honrao y trabajador que sea, como este venturao, que no tiene un mal vicio... ¡Si hubiera habido ahorros pa una barquía tan siquiera!... Ya ve usté, dos mil reales en cincuenta y más años de brega, no es mucho pedir... Si hoy tuviéramos esa barquía, en días de salú saldría Miguel con ella á la badía, si no le era posible salir más ajuera; y cuando no, el barco mesmo lo ganara pescando otros en él, y de ese quiñón comeríamos en casa. ¡Pero ni eso, don Andrés, ni eso! Y yo no tengo jornal todos los días: me faltan ojos ya pa la costura, y la poca que dan en la calle á esta desgraciá, que es mi consuelo y mi ayuda, la pagan mal y cuando los paece...
Sotileza, que se hallaba presente, no apartaba los ojos de tía Sidora, sino para ponerlos en los humedecidos de Andrés.