El cual, tan pronto como salió de allí, habló larga y elocuentemente con su padre, que conocía mucho á tío Mechelín y estimaba de veras sus honrosas cualidades.
Por conclusión de lo que trataron padre é hijo, dijo al segundo el primero:
—Que no lo sepa tu madre, porque no mira esas cosas por el lado que nosotros; pero hay que proporcionarle á Mechelín la barquía que necesita.
Y tío Mechelín la tuvo muy pronto; y desde aquel día reverdecieron las mustias alegrías de la bodega de la calle Alta, y fueron en ella Andrés y el nombre de su padre hasta venerados. Por entonces dijo á Sotileza tía Sidora:
—Mira, hijuca: haz por ser desde hoy un poco placentera de semblante y de palabra con esa persona, que es una onza de oro de por sí, siquiera porque no piense que somos ingratos. No es que tú le quieras mal, que bien sé yo que no hay ná de ello; pero la cara no debe tapar nunca lo que pasa por adentro, ni aunque lo de adentro sea malo, cuanto más siendo bueno.
Porque es de saberse que, aunque entre Andrés y Sotileza había grande intimidad, era ésta casi toda á expensas del carácter franco y comunicativo del primero. Sotileza no era mucho más expresiva con él que con las demás personas que la trataban, con la monstruosa excepción de Muergo; pero como, con respecto á Andrés, ningún malquerer tenía que disimular la arisca rapaza, que ya iba tocando en los límites de la belleza á que llegó poco después, se prestó de buena gana á hacer el esfuerzo que le reclamaba la más agradecida que experta marinera. Cuyo asombro no tuvo medida cuando reparó que, según iba subiendo la afabilidad de Sotileza con Andrés, bajaba la de Andrés con Sotileza, y hasta iba cercenando poco á poco sus visitas á la bodega. ¿Qué demonios pasaba allí? ¿De qué se había resentido un mozo tan caballero y tan campechano en quien todos adoraban? ¿No los juzgaría ya merecedores del bien que les había hecho? ¿Pues no veía cómo le saboreaban y se nutrían de él, y á su amparo conllevaba alegre todo el peso de sus plagas el achacoso marinero, sin que le robara el sueño la visión del hospital para remate de sus días, y cómo aprovechaba la menor tregua en sus dolores para ganar un quiñón más con el trabajo de su persona, porque ese era su deber? ¿No iba á menudo desde la humilde bodega á la casa del capitán, poco, pero lo mejor de lo escogido entre lo mejor de la pesca del día, no en pago del beneficio recibido, pues éste no tenía precio, ni el bienhechor le hubiera cobrado jamás, sino en testimonio de que el pedazo de pan no había caído en estómagos ingratos? Y si no era esto ó algo que pudiera parecérsele, ¿qué era? Y en vano se consumía y se devanaba los sesos tía Sidora; y entre tanto, cuanto más reparaba en Andrés, más cambiado le encontraba.
Llegó á consultar el caso con su marido, y luégo con Sotileza; mas como el primero la echó enhoramala, jurando y perjurando que él no había visto señales de semejante cambio, y la segunda, encogiéndose de hombros, opinó lo propio que tío Mechelín, la buena mujer, comenzando á dudar si había visto visiones, fué, ya que no olvidándolas, acostumbrándose á ellas; que era todo cuanto podía hacer, con el clavo que tenía allá dentro.
Y el caso es que tía Sidora estaba en lo firme: lo que ignoraba, por fortuna suya, era la causa del retraimiento de Andrés; y esta causa va á conocerla el lector.
El mismo día en que tío Mechelín se halló en posesión de la barquía, subió á su casa Mocejón, que ya estaba hecho un carcamal, vomitando por aquella bocaza las mayores tempestades entre vahos de veneno.
—¡Ñules... reñules!—exclamaba mientras, dando bandazos y cabezadas, iba desde la puerta de la escalera con rumbo á la sala donde destorcían chicotes viejos la Sargüeta y Carpia, y fumaba Cleto, silencioso, mustio y arrimado á la pared.—¡Lo que se corría, salió! Pero, ñules, ¿ónde está la vergüenza de las gentes? ¿Con qué cara toman eso? ¿Hay ley de Dios, ú no hay ley de Dios? Esta casa, ¿es casa... ú qué es? Si de la mía se la sacó porque la maltrataban... ¿cómo se consiente, ñules, que se la tenga en esa... pa esos timinejes?... Porque, reñules, la cosa es clara; y en cuanti me la apuntó al oído endenantes quien las pesca al vuelo... la pesqué yo tamién. ¡Reñules, qué sinvergüenzas!