Se le pidieron explicaciones, y comenzó á enlazar, á su brutal manera, el donativo de la barquía con el apego de Andrés á la bodega y con la fresca juventud de su inquilina. Y digo que comenzó tío Mocejón á hacer este enlace, porque á medio camino de su tarea le salieron al encuentro las mujeres de su casa y llevaron los supuestos apuntados á los extremos más escandalosos. Cleto tardó en enterarse, por lo perezoso que era de comprensión; pero en cuanto vió de qué se trataba, saltó como un tigre y exclamó indignado:
—¡Paño! ¡To eso es una pura mentira! ¡Tos ustés mienten aquí! ¡Y tú más que denguno! ¡Bribona! ¡Yo conozco á ese c...tintas! ¡Yo sé bien quién es ca uno de los de abajo... y sé tamién quién es ca uno de los de aquí!... Y digo que eso es mentira, ¡paño! y güelvo á decir que miente usté, porque chochea... y usté, porque nunca ajuntó boca con verdá... y tú, por envidiosa y cancaneá... ¡repaño!...
Según iba Cleto vociferando así, su madre le tiraba á la cara el escabel; Carpia los chicotes embreados; y Mocejón, sin fuerzas para arrojarle cosa alguna, ni para darle dos bofetones, lanzaba la interjección y el improperio, que retinglaban. Entre golpe y golpe, la Sargüeta y su hija tampoco cerraban boca ni se cedían el turno.
—¡Anda, bragazas!... ¡mal hijo!...
—¡Toma, indecente... pa que la lleves el regalo!
—¡La han vendío, sí!
—¡Y se ha dejao vender!
—¡Y no por la barquía, que por menos se vendió primero!
—¡Así se echan ropajes de lo mejor!
—¡Y se vive á la sombra, sin trabajar!