—¡Vete á buscarla ahora!... ¡carga con ella, lichón!

—¡Pero mira bien ónde la metes, porque si aquí la asomas, arde la casa! ¡Puáa!

Esto, sin contar lo de Mocejón, que no puede contarse, es una compendiadísima muestra de lo que se gritó en el quinto piso en menos de medio minuto, entre feroces manoteos y gestos espantables. Cleto echaba espumarajos por la boca; y no pudiendo tomar el desquite de su padre ni de su madre, arremetió con Carpia y le dió la tunda más soberana que había llevado en todos los días de su vida. Después salió de casa como un cohete; pero las hembras de ella no le injuriaron desde el balcón, como solían, porque, como reñidoras de oficio, sabían muy bien que el asunto era peligroso para echado á la calle desde tan alto. Sabían igualmente que Sotileza no tenía el aguante de la atemorizada Silda, y tampoco ignoraban que el amparo del Cabildo y la estimación de las gentes de la calle, más se arrimaban á la huérfana de Mules que á ellas, hasta en cuestiones de escasa monta. ¿Qué no sucedería en un punto tan escandaloso? Pues si no fuera así, ¿cuánto haría ya que sus lenguas habrían estampado el sello afrentoso en la puerta de la bodega? ¿Para qué se necesitaba el testimonio de lo de la barquía? Desde que Andrés y Sotileza habían dejado de ser muchachuelos impúberes, ¿no era cada visita del uno á la casa de la otra fundamento bastante para alzar sobre él una cordillera de infamias dos bocas tan venenosas como las suyas? El sello se estamparía, ¡pues no faltaría otra cosa!... y á fuego, no solamente en la puerta de la casa, sino en el rostro de todos y cada uno de sus moradores; pero cuando las circunstancias les ofrecieran una ocasión que las eximiera á ellas de toda responsabilidad; cuando la apariencia de los hechos confirmara la justicia de la denuncia. Á eso iban caminando con heróica perseverancia, con ojo avizor y trabajando á la sordina.

Cleto, por de pronto, salió henchido del horror de aquel cuadro de abominaciones satánicas; mas en cuanto el aire de la calle oreó su rostro enardecido, y su pobre razón fué entrando en caja, y latiendo al ordinario compás su corazón honradote, observó que en lo más hondo de él había una espina que le punzaba, al mismo tiempo que en su cabeza andaba aporreándole las paredes, como moscardón encerrado entre cristales, una terrible sospecha. ¡Ah! si la calumnia deja siempre alguna señal de su paso, aun en las inteligencias más sutiles y en los corazones más aguerridos, ¿cómo habían de librarse la rudimentaria razón y el pecho desapercibido de Cleto, del veneno que destilaron allí las palabras de toda su familia?... ¿Por qué no había de ser verdad lo que él rechazó como calumnioso, por oirlo de tales bocas? Andrés, pudiente y guapo mozo; Sotileza, huérfana y menesterosa, robaba los ojos de la cara; tío Mechelín y su mujer, dos «venturaos de Dios» y muy agradecidos al otro. Y si el otro se empeñaba, ¿qué había de resultar de todo esto? Y si no era para empeñarse, ¿á qué iba allí tan á menudo el otro?

¡Qué días y qué noches pasó el infeliz entre este batallar de sus cavilaciones! Todo se le volvía observar á Andrés cuando le encontraba en la bodega, y vigilar la calle para sorprenderle en ella á horas desusadas, y reparar en Sotileza cuando estaba al lado de Andrés... Y peor lo ponía así; porque las miradas más inocentes y las palabras más sencillas, le parecían testimonios irrecusables de la causa de sus recelos; y el menor ruido por la noche, en la escalera ó en el portal, le hacía saltar del empedernido lecho, y salir á escuchar por una rendijilla de la puerta. Por fortuna para todos, no se atrevió á decir una palabra, aunque muchas veces las tuvo entre los labios, al matrimonio de abajo, siquiera por vía de desahogo, ya que no sirvieran á nadie de escarmiento. Pero, en cambio, detuvo una noche á Andrés en mitad de la acera, y llevándole, previa su venia, hacia el Paredón, cuya explanada estaba solitaria en aquel momento, le expresó, muy bajito y á su modo, cuanto le escocía y atormentaba adentro, robándole el apetito y el descanso.

Andrés se quedó espantado, porque ignoraba los verdaderos motivos de las alarmas de Cleto. Cleto le había asegurado que sólo la buena fama de aquella honrada familia le movía á contarle lo que le contaba; y para que un mozo tan rudo como Cleto se parara en pequeñeces tales, mucho debían haber transcendido los supuestos. Indagó sobre este punto; y aunque Cleto le aseguró que solamente se lo había oído á las gentes de su casa, como éstas se sobraban para propagarlo por todo el pueblo, no le tranquilizó cosa mayor. Pero negó con solemne entereza; y estrechando la diestra de Cleto con la suya, le juró, delante de la cara de Dios, que en su vida le había cruzado por las mientes un pensamiento tan infame como el que la calumnia le atribuía. El hijo de Mocejón, ante una sinceridad como aquélla, vió rasgarse la bóveda celeste y asomar por allí el sol y la luna y legiones de ángeles con alas de oro. Ni rastros le quedaron en el alma de aquella sospecha que tan bárbaramente le había atormentado.

Andrés comprendió que le era preciso hacer algo para atajar en su camino los calumniosos supuestos; y, por de pronto, aquella noche ya no fué de tertulia á la bodega.

Pero ¡qué frágil y mísera y concupiscente, como diría el padre Apolinar, es la condición humana! Aquel Andrés tan escrupuloso, tan hidalgote, tan precavido, tan prudente y abnegado al oir las negras confidencias de Cleto en la explanada del Paredón, en las angosturas de su cuarto, en el silencio y obscuridad de la noche, escrupulizando en el laboratorio de su razón las que él había tenido para proceder como procedía en su trato con la familia de tío Mechelín, ya comenzó á ser muy otra cosa, aunque, en honor de la verdad, sin darse la menor cuenta de ello. La conciencia más recta adolece de cierta elasticidad, que si no se la pone coto con la fuerza de una voluntad de hierro y de una razón bien maciza, llega á los extremos más peligrosos. Esto, en general. Pues si á favor de la ingénita flaqueza conspiran la inexperiencia de los pocos años, el ímpetu de las veleidades de una naturaleza virginal y poderosa, la ignorancia, la pasión, el entusiasmo, como acontecía en el caso de Andrés, ayúdenme ustedes á sentir. Andrés había visto crecer á Sotileza y transformarse poco á poco, de niña vagabunda y medio encanijada, en apuesta y garrida moza; pero jamás le había pasado por las mientes una idea que tuviera la conexión más lejana con los propósitos que le atribuían las maldicientes sardineras de la calle Alta. De aquí su sincera indignación al enterarse de la confidencia de Cleto, y su propósito instantáneo de irse retirando paso á paso de la humilde casa donde su presencia comprometía el honor de una doncella. Pero disipada la luz de este relámpago, y examinando luégo las cosas á la débil claridad de su razón, lo primero que ésta le presentó delante de los ojos fué el cuerpo mismo de la supuesta delincuencia; no en los atavíos insubstanciales de la inocente compañera de juegos infantiles, ó de la buena amiga de su incipiente mocedad, sino con todos los incentivos que puede ir acumulando una fantasía soñadora sobre un lujo de formas juveniles, como el de la hermosa callealtera. En seguida, recordando otra vez los supuestos calumniosos de las hembras de tío Mocejón, se dijo en sus adentros: «Luego esto era posible.» Y por un contrasentido bien usual y corriente en todos los aprietos del humano discurso, volvió á indignarse de que se le hiciera capaz de cometer un delito, cuya hipótesis estaba saboreando rato hacía.

Después volvió sobre su propósito de ir alejándose poco á poco de la bodega; y sin echar un punto de la memoria á la huérfana amparada allí, pensó en lo que juzgarían de su conducta tío Mechelín y su mujer, tan bondadosos, tan campechanos. Declararles el motivo, era darles una puñalada en el corazón; ocultársele, era hacerse reo de una falta, cuando menos de consecuencia, en su cariño y buena amistad. Y todo ello, ¿por qué? Porque á dos sinvergüenzas del quinto piso se les había ocurrido dar á un acto noble y generoso, una interpretación inicua. ¡Y había de estar la tranquilidad de una conciencia limpia á merced de los juicios de dos mujeres desenfrenadas? ¡Y había de subordinar él sus gustos lícitos, sus placeres honrados, á los dictámenes de dos calumniadoras? ¡Jamás! Por consiguiente, tomaría el aviso en cuenta, eso sí; pero no daría á la hedionda familia de Mocejón el placer imperdonable de someterse á sus deseos. Tomaría ciertas precauciones decorosas para alejar de los suspicaces todo pretexto á la murmuración; frecuentaría menos que antes la bodega; pero volvería á ella, ¡vaya si volvería! ¡Y que se atreviera nadie á preguntarle «para qué!» ¡Que intentara algún deslenguado poner en duda su honradez, su lealtad, la nobleza de sus propósitos!... ¡Sería capaz de hacer y de acontecer!... ¡Consumar él un atentado semejante contra el honor y el sosiego de una familia honrada!...

Y si le hubieran puesto un Cristo delante para jurar que en todo esto que afirmaba de sí propio no había un atisbo de mentira, lo hubiera jurado hasta con entusiasmo. Y habría jurado verdad.