Y, sin embargo, escarbando bien en su corazón, ¡qué pronto se hubiera hallado escondido en el fondo de él algo que acreditara la inconsciente falsedad del juramento! Porque lo cierto es que desde la primera vez que volvió á la bodega después de haberse entregado á aquellas meditaciones, aunque resuelto á combatir heróicamente contra todo mal pensamiento que el demonio pudiera sugerirle, y contra las facilidades tentadoras de inesperada ocasión, si sus ojos se apartaban muy á menudo de Sotileza, en cambio, cuando la miraban, ¡de qué distinto modo que antes la veían!

Lo cual demuestra, por de pronto, tres cosas:

Que Andrés, pensando y obrando así, sentía menos honrada é hidalgamente que en la explanada del Paredón al escuchar las confidencias de Cleto (tesis de estos últimos párrafos).

Que en el conflicto en que estas confidencias le habían colocado, lo más discreto y menos peligroso para él y para las gentes de la bodega, hubiera sido retirarse de ella poco á poco y para siempre.

Y, por último, que tía Sidora tenía mucha razón al afirmar que en Andrés había habido un cambio repentino.

¡Si la mujer de tío Mechelín hubiera sabido qué esfuerzos de voluntad costaba este cambio al resuelto muchacho, precisamente cuando á Sotileza le daba por atenderle y agasajarle como nunca lo había hecho!

Y así fué pasando más tiempo, y con él llegando Sotileza á la plenitud de su desarrollo, y Andrés haciéndose un mozo cabal, fornido y gallardo; diestro, valiente y forzudo en la mar, donde consumía todas las horas de huelga, ya voltejeando con su Céfiro (nombre del esquife de su propiedad), ayudado de Cole y de Muergo, que ordinariamente se le cuidaban; ya pescando por todo lo alto en la barquía de Mechelín, cuyo flete pagaba escrupulosamente, con notorio disgusto del achacoso mareante, que tenía á cargo de conciencia recibir aquellos dineros de tales manos. Gozaba de gran prestigio en los dos Cabildos; en ambos eran muy escuchados sus pareceres, y el mejor patrón de lancha le hubiera cedido gustoso el gobierno de ella en momentos apurados.

De cuanto pescaba, iba lo mejor á casa de don Venancio Liencres; y de propio intento lo mandaba á menudo por Sotileza, que también llevaba á la capitana lo que le regalaba Mechelín á cada instante, y aun al mismo don Venancio, por insinuación de Andrés. Porque es de advertirse que, cabalmente desde que se propuso tomar en la bodega de la calle Alta aquellas «precauciones decorosas,» le entró la comezón, que jamás había sentido, de que en su casa y en la de don Venancio Liencres se conocieran y se admiraran las prendas excepcionales de la rozagante muchacha.

Y sucedió que la capitana llegó á decir á Andrés un día, que si aquella tal y cual volvía á poner los pies en su casa, haría con ella esto y lo de más allá; y que la distinguida hermana de Tolín le dijo una noche más de otro tanto, con igual motivo. Y Andrés se quedó como quien ve visiones, porque no atinaba con la razón de tales aspavientos.

Porque Andrés, á pesar de éstas y otras cosas, por las cuales se perecía, levantaba muy holgadamente todo el peso de sus obligaciones en el escritorio, y el de sus deberes de amistad y cortesía al lado de su compañero Tolín. Para entonces era Luisa lo que prometió ser de pequeña: una señorita fina muy compuesta y muy escrupulosa en el ceremonial de su mundo. Era bastante sosa de palabra; pero no tanto en el mirar de sus ojos, negros y grandes, ni en el caer de sus labios húmedos sobre la dentadura blanca y apretada. Se pagaba mucho de guardar las distancias de clase, como su augusta madre; pero hacía una excepción con Andrés, con cuyo trato se había ido familiarizando desde niña. Continuaba siendo incansable fisgona de la vida y milagros de este mozo; y como aquélla era tan contraria á sus gustos é inclinaciones, rara vez estaban juntos sin que ella le calentara las orejas. Andrés solía amoscarse de tarde en tarde con estas libertades; Luisa se ponía nerviosa de ira al ver que se le negaba derecho para decir lo que decía; pero Tolín terciaba en la contienda, y los ponía en paz; es decir, conseguía que se hablara de otro asunto, porque lo que es paz, verdaderamente, no se lograba, puesto que, al deshacerse la tertulia, Luisa se encerraba en su cuarto con un humor de todos los diablos, y Andrés salía renegando de la impertinente y entremetida «que al fin había de ser causa de que él no volviera más por allí.»