XV

EL PAÑO DE LÁGRIMAS

El pobre Cleto andaba, andaba, calle arriba y calle abajo; del Paredón al portal, del portal al Paredón, diciéndose al comienzo de cada subida «de esta vez entro;» y llegaba junto á la puerta, y no entraba... y vuelta hacia el Paredón; y siempre con aquel clavo roñoso adentro, que se le hundía en lo más dolorido del pecho á cada paso que daba. Y aquel clavo era Muergo y el considerar que si había de echarle de la bodega para siempre á fuerza de bofetadas, con lo necio y lo forzudo que el monstruo era, ya tenía campaña para rato; y si al fin de ella, suponiendo que la campaña tuviera fin, resultaba que le cerraban la puerta á él por lo mismo que había tratado de barrerla de aquel modo, ¡lucida era la recompensa que obtenía por su empeño! ¡Si él tuviera amigos á quienes pedir un consejo! ¡personas de formalidad y de palabra, que le creyeran todo lo que él les contara de aquellas cosas que sentía despierto y soñando, á modo de «jirvor» que le salía de la entraña, y rompía como una mar del noroeste, tan pronto contra la tapa de los sesos como contra las paredes del arca, en cuanto ponía los pensamientos en Sotileza... (y no la apartaba un punto de su memoria); y aquel cosquilleo que le entraba con sólo pensar en lo que él sería, arrimado para siempre á la bodega, y lo que temía llegar á ser si, después de haber conocido cosa mejor, no le sacaban pronto del quinto piso, ó no se resolvía á tirarse una noche por el balcón abajo! Bien apurada la materia, él no podía vivir sin lo uno ni con lo otro. Se acordó de Andrés, en cuya influencia entre las gentes de la bodega había pensado también otras veces para salir de sus ahogos; pero Andrés era protector de Muergo, y no se prestaría á ayudarle en un empeño que perjudicaba á aquel animalote. Ir derechamente con sus cuitas á los interesados en ellas, era aventurarse demasiado, porque, tras de no conocer bien las intenciones de aquellas gentes, él fiaba poco en la torpeza de su palabra y en la cortedad de su genio para pintar á lo vivo las «rompientes» consabidas de sus «jirvores,» y la fuerza y significación de los otros cosquilleos que le atormentaban.

Y así discurriendo, andaba ya, sin darse de ello la menor cuenta, calle de Rua-Mayor abajo; y llegó á la Pescadería, desierta á aquella hora; y continuó hacia la Ribera... y allí se encontró, tope á tope, con el padre Apolinar. ¡Nadie como aquel buen señor para oirle con caridad y apuntarle un buen consejo!

Le detuvo saludándole, gorro en mano, y le suplicó que le escuchara dos palabras que tenía que decirle.

—Si no son más que dos—díjole el fraile, al cabo de un rato que invirtió en recoger con las manos, puestas de canto sobre las cejas, la luz del farol más próximo, para conocer con sus ojos enfermos al suplicante,—ya me las estás diciendo. Si son muchas, ve soltándolas según andemos, ó dímelas en llegando á casa, porque estoy muy de prisa y no puedo perder el tiempo en la calle...

—Pus le diré en casa lo que tengo que decirle,—contestó Cleto virando de bordo y poniéndose al costado del fraile.

Éste vivía á la sazón en una de las casitas bajas de la Alameda de Becedo; de modo que, siguiéndole los pasos, tuvo Cleto que atravesar la ciudad por la cuesta de la Ribera y calle de San Francisco; precisamente la arteria más llena de los jugos vitales del Santander de entonces. Marejadas de señorío, y tiendas y más tiendas llenas de cosas y de luz, á babor y á estribor. Cleto no recordaba haber pasado por allí en todos los días de su vida; y tanto le sorprendieron el ruido y las maravillas del cuadro, que á pique estuvo de olvidar con ellas sus jirvores y hormigueos.

—Hay que hacerse á todo, Cleto; á todo, á todo, hijo, á todo—decíale el padre Apolinar, reparando cómo se embobaba el mozo con lo que iba contemplando, y cómo tropezaba con los transeuntes.—Pero sois bonitos de la mar; y en cuanto salís á tierra y os veis entre gentes racionales y de mundo, ya os falta la respiración. Y lo peor es que eso se pega; porque has de saberte que si vivo un año más en aquella escalera de la calle de la Mar, con ser quien soy y con tratar á tantos terrestres como yo he tratado siempre, salgo, cuerno, tan tonina como vosotros. ¡Mira que solamente con aquellas crías que me mandaban á casa para escamarlas siquiera lo mayor, había para perder el modo de hablar! No es decir esto que yo las haya abandonado, que á mi casa van algunas todavía; y no van más, porque les parece largo el camino, si es que no les espanta como á tí. Pero siquiera se ventilan un poco en él, y cuando llegan á mí, ya no huelen tan mal. También los tengo terrestres; que hijos de Dios son como cualquiera y tan necesitados están, como los más perdidos, del pan de la inteligencia y de la palabra divina. ¡Cuerno, qué peces hay entre ellos! Pero con todo, hombre: yo no he tenido discípulo ni espero tenerle, por mucho que viva, tan sucio ni tan feo ni tan torpe, como ese Muergo...