Esta palabra sacó instantáneamente al hijo de Mocejón del atolondramiento en que iba sumido. Estremecióse todo, echó un terno de los más redondos; y sintiéndose poseído, repleto, de todos los resquemores que de ordinario le consumían, dijo con nerviosa vehemencia:

—Vamos á rema ligera, pae Polinar, pa que alleguemos cuanti más antes.

—¿Qué te ha dado tan pronto, recuerno?

—Esas pampurrias, ¡paño! que me anadan en la bodega.

Poco después, alumbrados malamente por la luz de una cerilla que echó pae Polinar, subían ambos la escalera de la casa de éste; les abría la puerta la vieja ama de gobierno del exclaustrado, y, por último, se encerraban en un mezquino gabinete, sobre cuya mesa, bien conocida del lector, comenzaba á lucir, ensanchándose y alzándose poco á poco, la llama perezosa de un cabo de vela, embutido en una palmatoria, también inventariada más atrás.

Al hallarnos nuevamente con el padre Apolinar, y después de examinarle un instante de pies á cabeza, bien pudiéramos decir que no pasaba día por él. La misma cara y los propios hábitos; ni una arruga ni una costra más, ni un lamparón ni un recosido menos. El mismo pae Polinar de siempre; con sus párpados en carne viva, su cabeza gacha y sus talares transparentes y resobados.

—Mira, hijo, mira; ¡mira si tienes ojos para ver!—exclamó de pronto el fraile, apuntándole con el gesto unos libracos y unos papelotes que había sobre una mesa, por tener ocupadas las manos en quitarse la teja y el manteo.—Míralo, y dime si pae Polinar, con esa tarea entre manos, tendrá tiempo de sobra para andarse de pingo por las calles.

Y como Cleto le mirara en demanda de una explicación más comprensible, añadió el exclaustrado:

—Eso es canela, hijo... digo, canela no; mejor es rescoldo que me consume el discurso y la salud y la poca vista que me queda. Porque has de saberte ahora, que esto es un sermón que se me ha encargado para el día de los santos Mártires, en la capilla de Miranda... ¡El día de la fiesta del Cabildo de Abajo!... ¡como quien no dice nada!... ¡Échame allí señores de Ayuntamiento; todos los mareantes y medio Santander, con la boca abierta, escuchando al padre Apolinar! ¿Te parece que es esto para que uno se duerma y se vaya á aquella cátedra con lo que salga á la buena de Dios?

Ocurriósele á Cleto contar por los dedos el tiempo que faltaba hasta el 30 de agosto; vió que era mes y medio bien cumplido, y así se lo dijo al fraile.