El cual se volvió rápidamente hacia el sencillote mozo (pues andaba pasando la manga de su chaqueta al pelo del sombrero, para atusarle un poco antes de ponerle sobre la cama), y le habló así:
—Echa tres... que más de otro tanto de lo que falta llevo sobre esta mesa, dale que le das á libros y tintero... Echa cuatro, que bien pueden echarse. ¿Y qué? ¿Te parece á tí que escribir un sermón para los Mártires es añadir un [pernal] á un aparejo? ¡Aquí se ven los hombres, Cleto! ¡Aquí sudan el quilo los más guapos... los más guapos, rejinojo! Y si algún predicador te dice otra cosa distinta, no te dice la verdad, ¡cuerno! ¡Buen chanfaina de predicador estaría él! ¡Bueno, bueno, bueno de veras! En fin, ya lo verás tú ese día si vas por la ermita.
—¡Yo!—exclamó Cleto con el más sincero de los asombros.—¡Como no vaiga yo á eso!...
—Es verdad, que tú eres del Cabildo de Arriba... Pero otros del de Abajo me oirán, y ya llegarás á saber si aquello que yo les diga se aprende en un par de meses... ¡Vaya con estos muchachos que nacen enseñados y con la palabra de Dios, verbum Dei, entre los labios!... Y ahora dime: ¿qué tripa se te ha roto? ¿Qué me quieres? ¿Por qué me buscas, et quare conturbas me?
Cleto, que estaba de prisa, no hizo esperar mucho la respuesta, si respuesta puede llamarse aquella marejada de sonidos guturales, de frases obscuras y descosidas, de interjecciones fulminantes, restregones de pies, bamboleos de espaldas y cabeza, y crujidos de la silla.
—Bueno está todo eso—dijo el padre Apolinar, hombre muy ducho en descifrar tan rara especie de enigmas.—Pero ¿por qué me lo cuentas á mí?
—Pus pa que me dé un consejo, y, si es caso, arrime el hombro tamién,—respondió Cleto.
—¡Claro!—repuso el fraile retorciéndose dentro de sus ropas:—esa ya me la tenía yo aquí... en cuanto rompiste á hablar... en cuanto te sentaste en esa silla... en cuanto me paraste en la Ribera, ¡cuerno!... Además, eso que te pasa tenía que suceder, porque la mano de Dios alcanza á todas partes, y la que se hace se paga; y en teniendo vosotros algo que pagar, ya estoy yo, como el otro que dice, aflojando la peseta. ¡Recuerno con la lotería! Y dime, zoquete del jinojo, ¿por qué asomaste tú la jeta á aquella casa? ¿Qué falta hacías allí?
—Ella me pegó un botón una vez...
—Ya, ya; ya me has enterado de ello, con todo lo que se siguió á esa pegadura; pero después, cuando viste lo que te pasaba por adentro, ¿por qué no hiciste [bota arriba á la banda]? Porque yo, al hallarte en la bodega algunas de las veces que he ido por allá, siempre entendí que no se trataba más, por tu parte, que de echar un párrafo y una punta, para pasar aquel rato de menos en tu casa.