Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño, y continuará su paseo.
Y así hasta el infinito.
Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al Círculo de Recreo; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del Senado, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda comodidad tiene su asiento y ni el más leve ruido hace su habitación.»
Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado, cédenle la poltrona presidencial; y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (intentique ora tenebant, que dijo el otro) dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...
Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta S. E. de recorrer a pie, muy a menudo.
Y así va corriendo la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa de largo para el extranjero.
Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la Farola de Cueto, que, por lo visto, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está S. E. en candelero... o en las Marianas, que de todo se ha visto.
Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya; y entonces se la vio en público por primera vez.
Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.
Pero estos reparones no reparan que los hombres no nacen para ser personajes como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, o temporeros de una modesta tesorería de provincia, o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución, o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.