Como ni S. E. ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por aquello de que de cincuenta para arriba, etc..., refrán cuya primera parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero; y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la mejor sala con el adjunto gabinete.
Su Excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y tirillas a la inglesa.
Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va solo; generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población, y de sus ideas políticas.
Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.
A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de advertir que S. E. no gasta menos, ni aun para diario.
Y, en efecto; si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá estas, ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:
—Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al Presidente del Consejo de Ministros: «Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías; el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura en Hacienda, el cáos en la política y el desconcierto en todo.»
—¡Bravo! —exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos a los crespos bigotes del orador—. Y él, ¿qué le respondió a Vd.?
—¿Qué me respondió? —replicará S. E. mirando al interpelante como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta—. Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!
—¡Pues es claro! —responderá el coro.