Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras —y por eso traen las alforjas llenas de provisiones—, siempre se ajustan sin la comida.
El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batan, les hacen sorber la arena a carretadas.
En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.
Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero ellos que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.
Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar pelegrinas y caracolillos, por cuyas baratijas se perecen.
Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla, del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una para verla y comprar a la chica unas arracadas de cascaritas, y otra para visitar, por adentro, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, un barco de Rey.
Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como corales.
EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.
Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.