—Será la cría, padre —grita el rapaz.
—Puá que, hijo; no te diré yo que no lo sea.
—Y toas estas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de cubetos... ¿Y dende esta orillica se pescará el fresco?
—¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.
—¿Pues no es esto la alta mar?
—¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa onde está la alta mar!
—Y ¿onde está esa mar?
—En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.
Y en estas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este «caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en cuyo barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.
Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.