Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan ellas, sin pretenderlo quizá, exhibiéndose con nuevas y más atractivas galas, y más sandunguero garbo.

A todo esto, los que las suponen de solar conocido alegan que las han visto en el teatro, en dos butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días antes, salir de la iglesia: este es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece a los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector, constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato. Asistieron a la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre. Se observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones que otros tantos despreocupados las hicieron. La incipiente juventud no se atrevió a tanto desde que notó que las damas distinguidas las miraban de reojo.

Esto era muy significativo. No pudo averiguarse, por más que se registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán de las conjeturas acerca de las desconocidas. Las señoras del pueblo comienzan a ocuparse de ellas con alguna vehemencia, y también se dividen en pareceres.