No falta ya quién asegura que son dos princesas rusas que se han propuesto darse, a todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto dejillo andaluz, se conviene en que serán dos sevillanas de buen humor, cuyos maridos llegarán de un momento a otro.
Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según noticia de Pedro, tomada de Juan, que a su vez la tomó de Felipe, las dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más respetables de la plaza.
Y entonces es cuando empieza a vacilar la repugnancia que hacia ellas sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que si a la sazón no asisten aquellas al más encopetado baile particular, o a la tertulia más entonada, es o porque no ha habido una disculpa para invitarlas, o porque ellas no han querido aceptar la invitación.
Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.
Un día se observa que al pasar junto a uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta a pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, a cuyo agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.
Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.
Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y dales una respuesta brevísima.
—¡No es posible! —se le replica.
—Con verlo basta, caballeros.
Desde el día siguiente se las mira en la calle como a gente conocida, y se observa un hecho bien opuesto a todo lo usual y corriente en el trato social; y es a saber, que a medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público; es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.