—
Imprenta y litografía de J. M. Martínez
SAN FRANCISCO, 15
—
1877
AL LECTOR.
Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos (algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o naturaleza, o, como si dijéramos, la de todos los días, y la de las circunstancias; es decir, la de los días de fiesta.
La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade, en cada año, durante los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la frescura y el sosiego, ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad, mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus castañeras y cajigales.
Para los que solo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e inclasificable.