Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos, colores y perfiles que sobrenadan siempre, y se reproducen de verano en verano, como el aire de familia en una larga serie de generaciones. ¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?
Por tal la juzgo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de costumbres montañesas.
Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de escrupuloso, abro mi librejo, y apunto..., pero, entiéndase bien, sin otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal declaración de que «cuando pinto, no retrato.»
LAS DE CASCAJARES.
No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas el señor de Cascajares.
El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de alto bordo, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de Alcalá, o en la del Barquillo.
Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre, porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la decisión con que él aplaude a todos los Gobiernos. Sin embargo, no es hombre político: solo se comunica con los del poder por el ministerio de Hacienda.
Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.
Tiene tres hijas solteras, y va con ellas al gran mundo. Ni éstas son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y todo, pasan en la corte por ornamentos distinguidísimos de la alta sociedad. Lo cierto es que los Asmodeos y Pedro Fernández las citan siempre, en sus almibaradas crónicas de Madrid, en el catálogo de las bellas, discretas y elegantes.