—Eso es: mucho prado, mucha mar..., rústico todo. Pero no hemos de pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene Vd. en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes entrando poco a poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que les visita todos los veranos, ya adorna esto, y algo ilustra. Misté; el domingo fui yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí. Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.
—¡Qué le parece a Vd.!
—Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas a tomar el baño. Toda la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De modo que todo se le vuelve a uno saludar. Le digo a Vd., cabayero, que algunas veces me parece que estoy en el Prao, y me da tristeza.
—¿Por qué, hombre?
—Ya ve Vd. la diferiencia. Cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme Vd. esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivién de sociedad, que a veces no cabemos en el salón..., porque, créame Vd., cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese Vd., a los que estamos hechos a aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está Vd. servido, cabayero.
—Muchas gracias, amigo.
—Me alegraré haberle dado gusto.
—Pues vaya Vd. alegrándose.
—Ya lo sabe Vd.; por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.
—No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las escrúfulas.