Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza, bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so pretexto de un amor desmedido a lo nuevo y a lo fuerte, pero incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, a hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por esos mundos de Dios, y aún pretenden elevar su vuelo hasta las águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado entendimiento se llama ciencia moderna.

Uno de estos sabios es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es tipo por su figura, o por el corte de su vestido, y joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie a la edad de las canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los viejos sistemas, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante dos meses a una cátedra de filosofía krausista en la universidad de Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta escuela alemana, que «cada filósofo debe construir su propia ciencia sin necesidad de abrir un libro.» Y tan al pie de la letra ha tomado el consejo, a tal extremo ha llevado el asco a los libros, que ni siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele a conocer al lector, qué desparpajo le presta o le infunde esta ilustrada ignorancia; mas como aquella tesis la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es raro que entre tantos haya muchos a quienes sobre de buen sentido lo que les falte de ciencia moderna, su temporada de verano es una pelea sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien oye llover, una vez metido en barro ya no hay paciencia que sufra tantas salpicaduras al sentido común, única ciencia, a mi entender, que se construye sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no hay libro que enseñe a construirla cuando Dios ha negado a alguno la materia prima.

Sin este lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de aire, o menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito. Por eso lo primero que discute, y con doble afán si hay mujeres en el auditorio, es a Dios, es decir, al Dios de las viejas creencias.

Eso de Dios Trino y Uno, tiénelo él por logomaquia.

La conciencia humana no siente este concepto absurdo; la mente, por tanto, no le penetra, no le alcanza.