Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la cara hosca, y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según el sabio, es claro, perceptible y concluyente:
«Dios es el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente comulgan.»
En seguida apoya su aserto con la autoridad de los santos padres, o pontífices de su iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón, mira en derredor de sí con cara de lástima, y pasa a otra cosa.
Nada le repugnaba tanto cuando él era católico «por no disgustar a su pobre madre que creía como una inocente todas esas cosas,» como los milagros, lo sobrenatural: y lo del premio y el castigo inmediatos a la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara una cuenta corriente a cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer la idea, agraviar a la razón humana que es un destello divino, etc., etc.
Y he aquí que comienza a cantar endechas al espiritismo, de cuya secta se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros trashumantes, para purificarse por una serie de trasmigraciones, hasta que Dios los llame junto a sí, después de juzgarlos dignos de Él: cree, por tanto, en los metaespíritus, y que el hombre está en la tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, o de otra criatura de diferente condición social o naturaleza, y ni siquiera niega que pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que —¡otro contrasentido!— no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano a mano con el espíritu de Confucio... o con el de Sancho Panza (pues inspirados eruditos hay en la secta que se lo han tragado), si es medium, por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea; y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot y otros cuantos apóstoles de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una interpretación no poco ingeniosa.
También en este trance tapa la boca a los incrédulos que se ríen al oírle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos hacen lo mismo que él, y aliquid amplius, en esas conferencias con los espíritus; cuya prueba, no por ser irrecusable, porque es la pura verdad, levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones sociales que en un manicomio, y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.
Indígnale también que existan todavía hombres que se llaman ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede de Adán. Parécele absurda esta teoría; y buscando otra más verosímil, y hasta solar más noble a la humanidad, agárrase a Darwin, y pónese muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del mono —cosa que muchos ignorantes no negarían si todos los ejemplares de la especie fueran idénticos al preopinante—. Verdad es que el sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja antropiscos o antropoides, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió llenar el abismo que separa al cuadrúmano famoso, del más estúpido de los hombres.... Por eso me gustan a mí los sabios (y no aludo ahora al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache: todo menos retroceder ante el precipicio, para buscar otro camino más seguro y más frecuentado. Digo esto, porque la tal palabreja es la tapadera que ponen los darwinistas sobre el abismo de su peregrina teoría. ¡Como si el tal abismo no fuera para ellos toda la cuestión!
Volviendo ahora a nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender de esas alturas en que se mece tan a su gusto, y bajar al mundo terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.
Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla a mano, le enreda en una discusión sobre Cervantes.
—Concedo —dice el generoso sabio— que no fue el autor del Quijote un hombre enteramente vulgar, teniendo en cuenta la época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la arquitectónica de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo a él que a Calderón les faltó la filosofía de la estética, que les hubiera enseñado lo poco que valían sus creaciones por sí, mediante, en, con relación al idealismo trascendental, en cuanto, sobre, antes y después de.