No tiene voz, ni condición alguna de cantante, y cuando llega el caso, acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas de acá o de allá, que alborotan la reunión. Si se trata de hacer coplas, nadie le gana a hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen todos a poeta.

Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se agrupa en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta. Allí está Galindo para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las anécdotas frescas, o los recuerdos de Calcuta, o de Constantinopla. Y tras esto y un sin número de mentiras verosímiles sobre las mujeres del Cáucaso, o los hombres de Ceilán, llegará a hablarse, por ejemplo, de objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, o chocolate sin cacao..., y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en estos de extravagancias que corremos.

No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la expresión que cabe en su estilo lento y suave, y en su cara impasible; pero hombre que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que citar a propósito de rarezas; y no lo está en efecto; y saca un grueso anillo de uno de sus dedos, y se le presenta a la reunión, diciendo:

—¿A que no saben ustedes qué piedra es esta?

Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar Viejo, a la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:

—Eso que ustedes creen piedra, no lo es.

Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.

—Pues ¿qué es, si no? —se le pregunta al cabo.

—Eso es —responde Galindo, lenta y dulcemente— hígado de cocodrilo, endurecido al sol, en Pekín. Se lo compré al joyista que lo hace para la corte imperial; o mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que llevaba yo de España.

Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de tripa de un indio, medio devorado por un tigre en una cacería a que asistió él, y se refiere a una corbata que tiene en casa, hecha de piel de culebra, por un indígena del Canadá.