Tiene fama, bien adquirida, de fino y caballero en sus amistades y contratos, y no se ignora que vive de sus rentas, o a lo menos sin pedir prestado a nadie, ni dar un chasco a la patrona al fin de cada temporada; y esto es bastante para que hasta los más encopetados de acá se crean muy favorecidos en cultivar su trato ameno.

Al oírle hablar de las cinco partes del mundo con el aplomo de quien las conoce a palmos, tómanle algunos por un aristocrático Esaú que ha vendido su primogenitura por un par de talegas para correrla; quién por un aventurero osado, sin cuna ni solar conocidos: quién por antiguo miembro del cuerpo consular, o diplomático de segunda fila... Pero lo indudable es que ha viajado mucho, y con fruto; y que no teniendo en su frontispicio pelo ni señal que no sean comunes y vulgares, no hay terreno en que se le coloque del cual no salga airoso, cuando no sale en triunfo.

Tampoco, mirado por dentro, posee cualidad alguna que brillante sea.

No es elocuente, no es poeta, no es artista: no es perfecto ni acabado en nada.

Pero, en cambio, tiene un poco de todo... y algo más: es, por de pronto, un estuche de cosas. En manejarlas a tiempo consiste su habilidad.

Con ella y con su impenetrable cara de baqueta, en su boca no se distingue la verdad de la mentira, y eso que las echa gordas; y en cuanto a sus cosas, ni es avaro ni despilfarrador de ellas; quiero decir que ni es entremetido, ni se hace rogar mucho. Como los buenos músicos, entra en el concierto en que hace falta, cuando le corresponde: ni antes ni después.

Cuando, por primera vez y solo, se presenta en una tertulia, nadie frunce el ceño ni le pregunta con gestos o con palabras: «¿Qué busca Vd. por aquí?» Antes bien, se le recibe con palio, y se le dice, entre sonrisas y agasajos:

—¡Oh... Galindo! ¡Acabara Vd. de llegar!

Ni más ni menos que si se le esperara y fuera antiguo contertulio de la casa. Y desde el mismo instante, Galindo es el alma de aquellas reuniones.

Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile; y se sienta en el banquillo y araña el teclado, y toca lo que se necesita.