—Como estamos aquí los dos.
—En ese caso, venga un abrazo..., y apriete Vd. bien.
—¿Por qué tan apretado?
—Por si no volvemos a vernos.
UN DESPREOCUPADO.
Se da un aire a todos los hombres que conocemos o recordamos, de escasa talla, comunicativos, afables, sin afectación ni aparato, limpios y aseados, que siempre parecen jóvenes, y llegan a morirse de viejos sin que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado muchachos y por tales se les ha tenido; hombres por el exterior insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles: hombres, en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.
Se llama Galindo, o Manzanos, o Cañales, o Arenal..., o algo parecido a esto, pero a secas; y a nadie se le ocurre que tenga otro nombre de pila, ni él mismo le usa nunca.
—¡Ya vino Galindo! —se nos dice aquí un día al principiar el verano—. Y cuantos lo oyen saben de quién se trata, como si se dijera:
—Ya llegaron las golondrinas.