—...Y Vd. se empeñaba en que era una broma del señor de Zorrilla para darme a entender que yo era un aprensivo, y que torna y que vira? ¡Mal rayo me parta!... Pues bueno: yo que tomo al pie de la letra todo lo que toca a la salud y al modo de recobrarla, porque la tengo perdida, aunque diga lo contrario el mundo entero, el día siguiente al de la consulta me bajé por la mañana al Sardinero, después de haberme envasado las dos libras de bonito y el medio cuartillo de aguardiente. Vestime de bañista, salíme al arenal, y comencé a trotar en redondo. La gente me miraba. Eran las diez, y no parecía sino que Dios echaba rescoldo por el cielo abajo, según las ampollas que sacaba el sol. A la media vuelta ya sudaba, y a los cinco minutos hubiera jurado yo que el aguardiente estaba en llamas y el bonito hecho una lumbre... ¡Le digo a Vd. que aquello era abrasarse vivo! Así es que, a las pocas vueltas, porque las daba por largo, me caí redondo en el arenal. Acudió la gente, y también el médico que andaba por allí, hízome echar por la boca hasta los hígados; y después de llamarme bárbaro muy serio, contó a la gente lo de la consulta, y acabaron todos por reírse de mí. ¿Le parece a Vd. que el lance era de risa?... Pues toda esa falta de caridad la enmendó el facultativo con decirme que cómo él pudo imaginarse nunca que hubiera un hijo de Adán tan... Adán, que tomara en serio lo del bonito y lo del trote antes del baño; que si lo que yo había tenido en el cuerpo lo mete él debajo de una peña, la levanta en vilo; que si, hallándome vivo después de lo ocurrido, no me convencía de que mi salud era de bronce; y, por último, que no tentara más a Dios, que me volviera a mi pueblo a cuidar de mis haciendas, y que no aburriera más al prójimo llorando males que no tenía... Con esta rociada por todo consuelo, me vestí, volvime a la posada y me metí en la cama a sudar, que poco me costó con el calor que hacía.
—¿De manera que ha hecho Vd. el viaje en balde?
—No lo crea Vd..., y por algo se dijo que «por lo más oscuro amanece.» Hablando yo de estas cosas, a los tres días, con un compañero de posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dio un curandero, ¡pásmese Vd.!, un remendón que trabaja en un portal de esta misma ciudad. ¡Y decir a Dios que hay médicos que gastan coche! Pues señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fui a consultar con el curandero... Le digo a Vd. que es preciso verlo para creerlo. No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme hacerle historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia adelante, me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca del estómago, me dijo: «Vd. tiene toda la maleza en el arca, motivado a que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, a causa —¡esto es lo más asombroso!— de que las dos paletillas no encajan bien en el espinazo...» Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún facultativo.
—Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dio para tan complicada enfermedad?
—Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la curcusilla; el otro es para encima del estómago.
—¿Los tiene Vd. puestos ya?
—No señor; los llevo para ponérmelos en cuanto llegue a casa; porque, tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella veintisiete días, boca arriba, sin moverme.
—¿Y las yerbas?
—Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar, mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas abundantes, y que a la vez que con ellas sale toda la maldad, con los parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las paletillas... Conque, sírvase Vd. darme lo que me resta del crédito que traía, porque ya me parece que tardo en llegar a casa para ponerme en cura, y mande lo que guste para aquellos señores.
—¿Resueltamente va Vd. a ejecutar el plan del curandero?